sábado, 7 de septiembre de 2013

Mi esclavo millonario. Capítulo I

Capítulo I: La propuesta             

            Heme aquí, desnudo frente a mi prometido: el hombre que amo y por el cual daría y haría cualquier cosa. Me siento muy avergonzado, intimidado; y es que esta es la primera vez que estoy así ante él. Siempre imaginé que este primer momento sería bajo circunstancias románticas, idílicas, íntimas. Pero no. Mi situación no es la mejor en este instante.

            Si alguien me preguntara cómo es que terminé desnudo y de pie frente a mi futuro esposo, le diría que es una historia muy larga, tan larga que me llevaría años contarla. Lo cierto es que cuando él me dijo «desnúdate», con esa voz varonil y autoritaria que le caracteriza, quise morir de vergüenza. Ni se imaginan el escándalo que armé, pero al final terminé cediendo, porque, al parecer, esta es mi única salida. Estoy entre la espada y la pared como dice cierta canción, y es que —gracias a un familiar ambicioso— estoy entre la vida y la muerte, literalmente.

            ¡Ojalá la tierra me trague! Ya no puedo seguir soportando la mirada inquisidora y lujuriosa que él me dirige. Mi cara arde del puro bochorno y puedo imaginar mi rostro rojo como un tomate. En verdad estoy avergonzado. ¿No se nota? Eso me recuerda que tengo mis manos cubriendo mis partes íntimas, lo cual explica el porqué mi novio me mira disgustado desde hace un rato.

            —No imaginaba que fueras tan lindo y erótico sin ropa —me dice de forma lasciva, observándome de pies a cabeza. Se lame los labios como si tratara de seducirme y luego, comienza a caminar hacia mí como si fuera un depredador. Por mi parte, mis piernas tiemblan. Me siento cohibido, minimizado.
            —No digas eso… —susurro sonrojado, escondiendo mi rostro.
            —¿Sabes?, si quitaras tus manos de cierta parte, podría apreciar la mercancía de mejor forma. —Su voz aterciopelada me eriza los cabellos de todo el cuerpo, incluso me produce un escalofrío intenso como si un golpe de corriente recorriera mi espalda. Me estremezco.
            —Basta… ¿De verdad esto es necesario?
            —Por supuesto, Shuichi. Recuerda que, a partir de mañana, serás mi nuevo esclavo sexual. A menos que te arrepientas.
            —Yo no estoy seguro de querer hacer esto —le digo apenado—. ¡Me da vergüenza! No me imagino andando desnudo por la casa todo el día, y menos que me vea cualquier invitado que llegue a tu casa.
            —Te acostumbrarás —me dice restándole importancia como si fuera algo normal.

            Claro, es que para él es normal caminar por la casa y vislumbrar a sus sirvientes semidesnudos o mostrando sus partes íntimas, mientras realizan las diversas labores domésticas. Lo mismo ocurre con sus conocidos y con las diversas personas que visitan esta casa, pues saben de sobra que mi pareja tiene este extraño capricho. Demás está decir que a todas esas personas les encanta visitar este lugar. ¡Y a quién no!, si pueden hasta tener sexo con los pobres muchachos de forma gratuita. Eso me fastidia y me perturba. Es más, si ya me molesta el hecho de tener que compartir a Eiri con esos niños: ¿qué le hace pensar que andaré de exhibicionista y que estaré dispuesto a satisfacer las fantasías de cuanta persona llegue a esta casa?

            —Ahora que recuerdo —dice de pronto con aire reflexivo, llevándose una mano a la barbilla—, tú y yo no hemos tenido sexo. Eso quiere decir que aún eres virgen, ¿no? —Asiento apenado—. ¡Qué problemático! —exclama con cierto drama—. Entonces, antes de hacer cualquier otra cosa… tendré que desvirgarte —susurra en mi oído.

            El extraño brillo en sus ojos me produce un escalofrío terrorífico. ¡¿Qué tiene que hacer qué?! Creo que estoy apunto de morir por un infarto al miocardio y es que, tras escuchar aquello, mi corazón ha comenzado a latir más rápido de lo normal y empiezo a sudar helado. Moriré.

            —¿Puedo vestirme ya? —pregunto cohibido haciendo caso omiso a lo que acaba de decir.
            —Sí, ya puedes vestirte. Al fin y al cabo, después tendré tiempo de sobra para apreciar tu desnudez.

            ¡¿Pero qué se cree?! Haré como que no escuché eso último y me vestiré rápidamente. Está empezando a darme frío y eso que apenas es otoño, pero claro, estar desnudo por tanto tiempo no ayuda a mantener estable mi temperatura corporal. Creo que todo esto me está obligando a pensar detenidamente qué decisión tomaré. ¿Estaré dispuesto a andar desnudo o semidesnudo las veinticuatro horas del día? Creo que la respuesta es no.

            —Eiri, yo debo pensarlo bien antes de decidirme… —le digo una vez que termino de vestirme.
            —¿Y tú crees que tienes tiempo para pensar? —me dice desafiante—. Te recuerdo que allá afuera hay un montón de matones tras tu cabeza. ¿De verdad crees que puedes pensar en qué decisión vas a tomar? El tiempo corre, Shuichi.
            —Pero yo no me siento preparado para esto… ¿No puedes ayudarme de otra forma? —replico—. Aunque sea deja que me esconda aquí por un tiempo mientras se resuelve todo.
            —¿Te volviste loco o te golpeaste la cabeza cuando escapabas de los sicarios? —me dice en un tono irónico y con una expresión seria y algo enojada—. Te recuerdo que nadie puede saber que estás aquí. Es cierto que Tohma y sus matones no se atreverán a hacerte daño mientras estés bajo mi protección, pero tampoco podemos arriesgarnos a que sepan que estás aquí. Ya todos mis sirvientes te vieron, y al menos la mitad conocen tu identidad: si te quedas aquí, así tal cual o escondido, más de alguno abrirá la boca y todo se irá a la basura. La idea es que nadie sepa de tu paradero.
            —Ya lo sé, Eiri, pero me da vergüenza… —le digo apenado y con la cabeza gacha. ¿Es que no puede entender que yo no soy un libertino como él?
            —Lamentablemente, mi querido Shuichi, sólo tienes dos opciones —me dice adoptando una pose explicativa digna de un profesor—: te quedas aquí y formas parte de mi harén de sirvientes, o te vas a la calle a dormir bajo un puente y a esperar que los sicarios den contigo y te vuelen los sesos.
            —¿Cómo puedes ser tan cruel conmigo en esta situación tan delicada? —le pregunto indignado, alzando la voz ligeramente.
            —No estoy siendo cruel: trato de ser realista, Shuichi. —Su tono de voz se ha suavizado y, ahora, está intentando ser amable conmigo.
            —Creo que fue un error venir a pedirte ayuda…
            —Shu, no digas eso. Yo estoy dispuesto a ayudarte y hacer todo lo que esté en mis manos.
            —Entonces, busca otra solución. Yo no voy a ser tu esclavo ni nada parecido. ¿Sabes qué? Creo que es mejor que me vaya —le digo poniéndome la bata de dormir. Y es que, como les contaré más adelante, llegué aquí con lo que traía puesto cuando escapé de casa, esto es, en pijama y en bata.
            —¿Y a dónde piensas ir? Te recuerdo que no tienes dinero, ni tarjetas de crédito, ni ropa, ni una casa a la cual volver —hace una pausa—. Ah, se me olvidaba, también hay seis asesinos buscándote por todo Nibbiria para llevarle tu cabeza a tu querido tío, Tohma Seguchi. ¿Crees poder sobrevivir así?
            —Está bien, me rindo —exclamo—. Tú ganas—digo sintiéndome totalmente derrotado.

            Y es que Eiri tiene razón. Acabo de perder todo lo que tenía gracias a la ambición de mi tío. Jamás pensé que ese hombre al que solía ver como un padre, sería capaz de contratar a unos asesinos profesionales para darme muerte y así poder quedarse con toda mi fortuna. Aún encuentro que es algo imposible, creo que estoy viviendo un sueño, pero no: esta es mi triste realidad.

            Eiri esboza una sonrisa victoriosa y, hasta cierto punto, lujuriosa. Me observa con esos ojos dorados e hipnotizadores que tanto me encantan y luego, se acerca a mí con ese aire depredador que le caracteriza. Su metro ochenta me intimida —pues soy de baja estatura— pero a la vez, siento que me brinda una protección indescriptible. Estar entre sus brazos es una de las mejores experiencias que he tenido en la vida, y es que sentir cómo su calor me embarga y su aroma llena mis sentidos, es algo tan placentero como la vida misma.

            —Sabia decisión, Shu —me dice seductoramente, apartando de su rostro los dorados cabellos que se pegan en su frente—. Ya tengo todo absolutamente planeado. Llamaré a Mr. K para que venga por ti mañana en la mañana: él se encargará de todo. Ya sabes que él es experto con esto de los «cambios de look». Mira que necesitamos que quedes irreconocible, ya que no  queremos arriesgarnos a que Tohma se dé cuenta de que estás aquí, ¿verdad?
            —Pareces algo emocionado… —susurro. Y es que no para de hablar, lo cual es raro ya que Eiri no es locuaz, muy por el contrario, es callado y de bajo perfil.
            —También pensé que deberíamos darle aviso a la policía de que estás perdido, aunque no me sorprendería que tu tío dé el aviso de tu desaparición cuando se entere que los matones no hicieron su trabajo. Deberíamos esperar a que eso suceda… —Sigue hablando, ignorando completamente lo que he dicho.
            —Eiri —le llamo para captar su atención y, afortunadamente, lo logro—. ¿Me quedaré mucho tiempo aquí?
            —No, la idea es que podamos resolver pronto todo este asunto. Pero estaba pensando que deberíamos esperar a que se declare tu muerte presunta y a que Tohma herede tu fortuna; así, todo será más dramático cuando se descubra que estás vivo y que tu tío trató de matarte, ¿no crees?
            —Sí, pero yo no quiero que Tohma herede mi fortuna… Es la herencia que me dejaron mis padres…, no puedo permitir que él se quede con eso.
            —Tranquilízate. Yo me voy a encargar de todo, te lo prometo. —Su tono conciliador y esa sutil sonrisa hacen que el coraje que tengo en este momento, se vaya dispersando poco a poco—. Bueno, por ahora, sube a mi habitación y date un baño. Le diré a Ayaka que te lleve una ropa que se dejó mi hermano la última vez que vino: tal vez, te quede buena.

            Sólo atino a asentir suavemente. Aún me siento aturdido con todo lo que me ha pasado en menos de veinticuatro horas, y es que han sido tantas cosas —algunas tan terribles— que no sé cómo es que todavía sigo en pie y con la frente en alto. Necesito darme una ducha con suma urgencia, cambiarme de ropa y descansar. Sí, eso es. Merezco un descanso y tener un sueño reparador.

            —Gracias —le digo esbozando una sonrisa encantadora, de esas que hacen brillar mi rostro, según Eiri.
            —No tienes que agradecerme, tonto. Si te ayudo es porque eres mi prometido y eres muy importante para mí.
            —¿Sólo eso? —pregunto con descontento—. ¿Sólo soy importante para ti? —Sus ojos dorados reflejan desconcierto. De seguro, no ha entendido qué es lo que quiero que me diga.
            —¿A qué te refieres?
            —¿No vas a decirme que me amas o algo parecido?
            —Tonto —me dice sonriendo suavemente—, te he dicho muchas veces que te amo. No hay necesidad de que lo diga a cada rato, ¿o sí?
            —Olvídalo.

            Suspiro con fastidio, rindiéndome totalmente a su insensibilidad. ¡¿Es que todos los hombres son iguales?! Bueno, yo también soy hombre, pero quizás soy una suerte de excepción; porque está demás decir que soy súper sensible, tímido y algo debilucho en cuanto a fuerza física. Todo lo contrario a él. ¿Será que cuando mis padres me concibieron, yo estaba destinado a ser mujer pero me arrepentí y terminé siendo hombre? Bueno, eso nunca podré saberlo y tampoco es momento para andar averiguándolo. Lo cierto es que ahora necesito saberme querido, y mi amado prometido no me ha entendido, o bien, no ha sabido interpretar mis palabras. En fin, mejor le hago caso y me doy una ducha… Ojalá que el agua caliente se lleve todos los malos recuerdos de la noche anterior…

            Salgo de la biblioteca —que Eiri ocupa como estudio— dejándolo confundido, aunque sé que eso no le durará por mucho tiempo más. Hay tantos asuntos que resolver que agradecería enormemente el que se pusiera a solucionarlos de inmediato, pero, lamentablemente, muchos de los problemas que tenemos son de esos que necesitan tiempo y una absurda burocracia para hallar solución.
           
            Una vez en el dormitorio de mi prometido, voy directo al cuarto de baño sin detenerme a admirar la inmensidad de la habitación. He de admitir que ésta es la primera vez que estoy aquí, y es tan curioso lo familiar que se me hace. Es como si toda mi vida hubiese transcurrido en este lugar.

            Tras entrar al baño, me desnudo rápidamente y me meto a la ducha. Me hubiese gustado darme un baño de tina, pero creo que no es momento para eso: entre más rápido me deshaga de la suciedad que tengo pegada en el cuerpo, será mejor para mí. Cierro los ojos y doy un largo suspiro, mientras dejo que el agua tibia moje lentamente cada célula de mi piel.
           
            Ignoro cuánto tiempo he estado en la misma posición sumido en mis pensamientos; pero el sonido de la puerta del cuarto al abrirse, me ayudó a bajar de la nube. Escucho unos pasos que se acercan al baño y, antes de que pueda advertirlo, la puerta se abre dejando entrar a una curvilínea y semidesnuda muchacha. Esto me alarma, pero la chica me ignora totalmente y sólo deja una ropa, cuidadosamente doblada, encima de la mesita que está junto a la ducha. Y asimismo como entró, desapareció de mi vista.

            Después de secarme y vestirme, permanezco un largo rato frente al espejo contemplando mi horrendo aspecto. Mis cabellos rosados, a pesar de estar limpios, se ven opacos; mis ojos violetas que tanto le gustan a Eiri, ya no brillan como antes —sin contar las notorias ojeras debajo de ellos—, pues han visto la muerte misma, esa que tanto queremos evitar los seres humanos; y mi cuerpo luce delgado y débil, demacrado.

            —¿Qué tanto haces mirándote al espejo? —dice una voz varonil a mis espaldas.
            —¿Eiri? —pregunto, a pesar que es obvio que esa voz le pertenece a él.
            —Ya es hora de cenar. Te estoy esperando —me dice acercándose a mí para abrazarme por la espalda.
            —Yo…preferiría cenar acá —le digo cohibido. Y es que tenerlo tan cerca de mí, hace que me ponga nervioso, que mi corazón se acelere y mi respiración se agite. Mi rostro se ha sonrojado y él lo nota.
            —No, Shuichi. Las reglas en esta casa son bien claras: nadie come en los dormitorios, ni siquiera yo.
            —Está bien, vamos —digo de mala gana.

            No quería bajar, no quería toparme con los sirvientes de Eiri. Es obvio que todos ellos me envidian, pues han de saber que, cuando nos casemos, tendrán que desaparecer de la vida de mi prometido. Yo no voy a permitir que él siga teniendo estos «hobbies» después de casado. Y él lo sabe. De hecho, cuando nos comprometimos, él me prometió que se desharía de sus esclavos antes de casarnos. Espero que cumpla con su palabra, sino lo obligaré a que lo haga.

            El comedor de la mansión es un poco más pequeño que el de mi casa. Aquí fácilmente caen veinte personas, lo cual es demasiado considerando que Eiri vive solo. Una mesa muy grande para una sola persona. Como dueño de casa que es, se sienta en la cabecera de la mesa, mientras yo me acomodo a un costado. Sus esclavos se ponen de pie tras su espalda formando una pequeña fila. En total, son cinco: tres mujeres y dos hombres. Una de las chicas nos sirve la cena, mientras yo observo al resto de a uno por uno. No son la gran cosa, claro que las chicas son bastante exuberantes… Pero bueno,  no quiero hablar de ellos.

            —¿No vas a comer? —me pregunta Eiri. Otra vez estuve demasiado tiempo sumido en mis divagaciones—. Si no te gusta, puedo pedir que te hagan otra cosa.
            —No, así está bien. No es necesario…
            —¿Entonces? ¿Por qué estás como ido? ¿Te sientes bien? —Eiri se muestra preocupado y eso me hace sentir feliz.
            —¿Tú qué crees? —le respondo con desgano. Es obvio que no estoy bien, creo yo. Me siento cansado física y psicológicamente.
           
            Eiri no me responde, quizás se dio cuenta que su pregunta estaba demás. No hay que ser adivino para saber que mi estado no es el mejor. Es decir, ¡acabo de escapar de la muerte! ¿Quién puede estar bien después de algo así? Bueno, tal vez Eiri sí pueda…
           
            Agradezco que el resto de la cena transcurriera en total silencio. Ya no tengo ganas de hablar y mis ojos se cierran solos. Recién acabamos de cenar y Eiri me ha llevado a la sala de estar con el fin de pasar un tiempo juntos, y hacer hora para que sea tiempo de irse a dormir. Yo sólo quería acostarme, pero Eiri insistió tanto en que me quedara a su lado por un rato que no pude negarme a su pedido. Fue así que nos quedamos viendo una película. Estamos solos y tranquilos, pero el agradable clima del que gozamos es interrumpido por una inesperada visita

            Como excusa para que no me vean, le digo a Eiri que voy al baño mientras un sirviente se dirige a abrir la puerta, dándome tiempo suficiente para esconderme.  

             —¡¿Eiri, viste las noticias?! —escucho una voz varonil exclamar con cierto drama. El recién llegado es Mr. K, un famoso director de cine y amigo íntimo de mi prometido y de mí. Por sus cabellos rubios y largos, sus ojos azulados y un acento extraño, es fácil saber que es extranjero—. Entraron a robar a la mansión de los Shindou, mataron a los sirvientes y Shuichi está desparecido —le cuenta con un ánimo turbado, obligando a Eiri a cambiar de canal y poner las noticias mientras yo sigo escondido viendo la escena. Mi amado finge sorpresa y preocupación al ver la noticia.
            —Ya lo sabía, pero no había visto los noticieros —responde Eiri con cierta gravedad, mientras que la periodista del noticiero da los escabrosos detalles que maneja la policía.

            Según la reportera, unos maleantes habían entrado a robar a mi casa, pero los sirvientes intentaron repeler el ataque, y al hacerlo habían sido asesinados por los supuestos ladrones. Sin embargo, no supieron explicar por qué no faltaba nada de valor en la casa, y tampoco el porqué me encontraba desaparecido. La policía manejaba varias tesis respecto a mí, desde un secuestro hasta un viaje al extranjero o un mero extravío. Los vecinos entrevistados dijeron que no habían escuchado los disparos ni nada parecido y, cómo no, si las armas de los tipos estaban equipadas con silenciadores, pues la idea de ellos era entrar a la casa y matarme sin que nadie se enterara, sino hasta el día siguiente. Lo que más me molestó de toda la noticia fue mi propio tío haciendo declaraciones, dándoselas de víctima y mostrándose conmocionado.
           
            —¡Hipócrita! —exclamo saliendo de mi escondite. Eiri y Mr. K voltean a mirarme con expresión sorprendida.
            —Shuichi… —K me observa incrédulo durante unos segundos, pero luego corre a abrazarme—. Shuichi, me alegra saber que estás bien. ¿Qué fue lo que sucedió?
            —Es una historia muy larga, Mr. K —suspiro—. Eiri te pondrá al tanto de todo, yo… me iré a dormir —le dije para luego despedirme, pues definitivamente necesito un descanso bien largo. Ya no quiero recordar lo que pasó, no tengo ganas de dar explicaciones y tampoco quiero inspirar lástima o algo parecido.

            Según lo que Eiri me había comentado, y si es que no mal recuerdo, él me hará un espacio en su cama por esta noche. Tengo claro que aquella «invitación» tiene una doble intención, pero confío en que antes de que mi amado asome su nariz por la puerta del dormitorio, yo estaré profundamente dormido. Y debo decir que tengo el sueño pesado. Puede pasar un tren por mi lado y yo ni me enteraré. ¡Ni se imaginan lo mucho que me costaba levantarme para ir a la escuela! Era horrible. Toda una horda de sirvientes y despertadores sólo para sacarme de la cama. Y aún así era una tarea titánica. Pero bueno… aquellos tiempos ya terminaron, y ahora soy un multimillonario desaparecido.

            En mi camino al dormitorio, no puedo evitar escuchar la conversación que mantienen dos de los esclavos de Eiri. Se trata de un chico y una chica. El primero es un muchacho un poco más alto que yo. Tiene la espalda ancha, pero es delgado y de figura estilizada. Sus cabellos rojizos llegan más allá de sus hombros, y sus ojos de color marrón miran a la muchacha con cierta ternura. De más está decir que su cuerpo está prácticamente desnudo. Por su parte, la muchacha es la misma chica que entró al baño mientras me bañaba. De estatura es más pequeña que el otro esclavo, más o menos de mi porte, también de cabellos largos, pero castaños. Su cuerpo es muy delgado y no tan exuberante como el de las otras.

            —¿Sabes quién es el chico al que el Amo dejó dormir en su cama? Me parece raro que se esté tomando tantas molestias con él —dice la chica con cierta molestia o, tal vez, celos.
            —¿No lo sabes? —contrapregunta el muchacho, sorprendido. La chica niega con la cabeza—. Es el Joven Shuichi, el prometido del Amo.
            —¿El Amo está comprometido? —exclama.
            —Sí, desde hace dos años. Se supone que este año se casarían, pero escuché que el Amo quiere retrasar la boda.
            —Ya veo… Aún así me parece raro. Ese chico nunca había venido a casa que yo recuerde.
            —Creo que ha venido un par de veces, pero es la primera vez que se queda a dormir. Parece que algo malo pasó, porque estuvieron discutiendo durante mucho rato en la biblioteca.

            Luego de eso, no entiendo muy bien qué fue lo que la chica le dijo, y tampoco me importa. Continúo con mi camino fingiendo que no he escuchado nada y agradezco que ellos no se dieran cuenta de mi presencia. Raudamente ingreso al dormitorio, me desvisto hasta quedar sólo en bóxer y luego, revuelvo los cajones del armario buscando un pijama de mi novio. No encuentro algo que me guste o que me quede bien, así que opto por colocarme la misma camiseta que había usado.

            Así, tras lavarme los dientes con el dedo —ya que no tenía cepillo dental y me pareció poco higiénico usar el de Eiri—, me meto a la cama y me acomodo para dormir. Eso se suponía que haría, pero me fue imposible. Las sábanas y la almohada están impregnadas con el aroma de Eiri y es precisamente eso lo que me impide conciliar el sueño, aunque también está el hecho de que con sólo cerrar mis ojos, los recuerdos de la noche anterior vuelven a mi mente como una mala película de terror. Ya no quiero dormir, no quiero tener pesadillas…

            —¿Estás despierto? —Escucho la voz de Eiri susurrar cerca de mí. Tengo los ojos cerrados, pero al oír su voz, los abro inmediatamente—. Ya hablé con Mr. K: puedes estar tranquilo, él nos va a ayudar.
            —Menos mal… —susurro.
            —Le pedí que se encargara de tu cambio de imagen, así que mañana en la mañana vendrá por ti para llevarte a su casa.

            Me quedo en silencio y suspiro cansado. A estas alturas, siento que mi cerebro no funciona del todo bien. Eiri me sonríe con cierta ternura y luego, se pone de pie para ponerse el pijama. Sin embargo, grande es mi sorpresa cuando noto que en realidad se está desnudando. Mi cara se pone roja de pura vergüenza y sólo atino a taparme con las sábanas completamente, para no mirar. Si fuera por mí me hubiera quedado observándole, pero el bochorno que siento es tan grande que no tengo más opción. Igual debo aceptar que miro por la orilla de la sábana, de vez en cuando.

            —¿Para qué te tapas tanto? —me dice—. Recuerda que después de esta noche no seguirás siendo virgen.
            —¡¿Y quién ha dicho que me dejaré?! —exclamo enojado y con las mejillas sonrojadas.
            —No necesitas resistirte. Además, a partir de mañana serás mi esclavo y, desde ese momento, no tendré consideración contigo. Es mejor que lo hagamos ahora, calmada y apasionadamente. —Su voz seductora es tan irresistible que siento que mis oídos se derriten de sólo escucharla.

            Sus grandes manos —comparadas a las mías— se apoyan en la cama para dejar que su rostro se acerque peligrosamente al mío. Sin embargo, antes de que eso suceda, mis manos se mueven rápidamente para ocultar mi rostro bajo las sábanas. Puedo imaginar la expresión molesta de Eiri y sé perfectamente que buscará la forma de «cobrarme» este desprecio. Creo que acabo de cometer un error muy grave, porque si es verdad que no tendrá consideración conmigo cuando me convierta en su esclavo, quiere decir que estoy muerto.

            —Esta me la pagarás, Shindou Shuichi —me dice con cierto enojo, mientras se aleja de la cama.

            De pronto, siento un tirón en las sábanas y, antes de que pueda advertirlo, ya estoy totalmente destapado. Eiri me dirige una mirada hambrienta y lujuriosa que me da escalofríos, mientras se relame los labios de forma obscena.

            —Espera, Eiri… Yo no estoy listo para esto —le digo desesperado y algo asustado. Y es que… ¡es mi primera vez! ¡No puedo estar tranquilo sabiendo lo que le pasará a mi trasero! Está bien, tal vez no sea tan terrible. Sé perfectamente lo placentero que puede llegar a ser, pero eso no quita el hecho de que estoy aterrado, sobre todo por la fija mirada de Eiri, quien mantiene una ceja alzada mientras sus manos están posadas sobre sus caderas.
            —Nadie está listo para esto la primera vez, pero no tienes que estar tan asustado. No voy a comerte ni nada parecido…aunque tal vez te «coma» un poco. —Su sonrisa fingida y forzadamente amable, en vez de tranquilizarme sólo me produce más escalofríos—. Descuida, seré muy cariñoso contigo… —me dice con voz aterciopelada, acercándose hacia mí con movimientos fríamente calculados y seductores.

            Bueno, ya que estoy en esta situación, creo que no puedo hacer nada para evitar mi destino. Total, tarde o temprano tenía que llegar este momento, aunque yo hubiese preferido que fuese más tarde que temprano. Al menos, mi primera vez será con la persona que amo y a quien pienso entregarle el resto de mi vida. Supongo que eso es algo bueno.

            Eiri se recuesta a mi lado y, desde esa posición, comienza a besarme, mientras una de sus manos acaricia mi abdomen por debajo de la camiseta.

            —Vamos lento, ¿sí? —le pido con aire de doncella.
            —Cómo tú quieras… Tenemos toda la noche por delante.

            Esos ojos dorados adornados con unas espesas pestañas, se parecen a los ojos de un felino al acecho. Son tan expresivos e hipnotizantes que cada vez que los veo siento como mi ser se derrite. A veces me pregunto si acaso esta sensación también la tienen sus esclavos… Tengo tantos celos hacia esos mugrosos que espero tener muchas oportunidades para poder restregarles en la cara que me casaré con este sexy bombón.

            —¿En qué estás pensando? —me pregunta observando fijamente mis pupilas, como si tratara de averiguarlo por sí mismo. Seguramente, mi estúpida sonrisa de victoria le ha llamado la atención.
            —En nada —miento—, sólo estoy un poco nervioso. —Eiri me sonríe de forma fraternal, pasando su mano por mis cabellos. Pensé que me diría algo, pero no: se quedó callado.

            Luego de estar un rato mirándonos, mi novio decide continuar con su tarea. Mi camiseta es sacada lentamente con cierta dificultad debido a mi torpeza, pero Eiri está siendo muy comprensivo y cariñoso conmigo. Más le vale, ¿no? Sus caricias me hacen vibrar elevándome al cielo tan sólo en segundos, produciendo en mí una especie de corriente que eriza mis cabellos y me inunda de placer. Esto es como el paraíso…

            Un cosquilleo en la parte baja de mi vientre me obliga a moverme con inquietud, mientras mi novio juguetea con mis tetillas. Eso se siente rico, es electrizante y placentero. Me siento en las nubes…

            —Ah… Eiri… —jadeo.
            —Te gusta, ¿no? —Su voz expresa malicia. Me siento como caperucita roja a punto de ser comida por el lobo feroz y, ciertamente, Eiri está bastante cerca de parecer un lobo. Mi piel pareciera desvanecerse con sus caricias…

            Sin darme cuenta y al cabo de unos minutos, estoy completamente desnudo teniendo a Eiri frente a mí con una expresión embelesada. Su mirada dorada recorre cada rincón de mi piel, grabando en su mente hasta el más mínimo detalle.

            —Eres tan hermoso, Shuichi —me dice con voz suave sin quitar su vista de mi delgado cuerpo—. Si con ropa ya eres hermoso, desnudo lo eres aún más… —Con movimientos oscilantes, pero a la vez seductores, Eiri termina de desnudarse hasta quedar sólo en ropa interior, subiéndose en la cama para posarse sobre mí—. Déjame probar tu miel…
            —Eiri... —Logro articular sintiéndome avergonzado por lo que acaba de decir. Sé a lo que se refiere y eso es precisamente lo que me avergüenza, pero es que es…es… ¡tan asquerosito!

            Creo que mi mente no logra procesar sus palabras en un cien por ciento, menos ahora que sus manos grandes, suaves y ágiles masajean cierta parte «delicada» de mí, cuyo nombre no diré.  Mi cuerpo comienza a sentirse caliente y excitado y, a ratos, mi mente se nubla impidiéndome pensar con claridad.

            —Ya estás excitado —me dice Eiri, susurrándome al oído con una voz aterciopelada que me eriza los cabellos.
            —Eiri… Ya no aguanto… —le digo con voz agitada.
            —Lo sé, por eso me detendré un rato. No quiero que te corras tan pronto.

            Sus ojos dorados me miran hambrientos, mientras yo trato de conectarme nuevamente con la realidad. Cuando lo logro, no puedo evitar fijarme en él: es tan sexy. Así, lo analizo lentamente y me doy cuenta que Eiri no está ni siquiera un poquitín excitado. Eso me molesta y me pone de mal humor. ¿Será que no soy suficiente como para excitarlo o qué? ¿Tal vez fui demasiado pasivo y por eso no se le paró?

            En este momento comienzo a sentir envidia por esos mugrosos esclavos, porque claro, ellos son tan bellos, curvilíneos, atléticos y sensuales, que encienden a cualquiera. No como yo que con suerte me considero atractivo. Tal vez tengo la autoestima por el suelo, pero sinceramente, cada vez que me miro al espejo siento vergüenza de mí mismo. Yo no soy deseable como los esclavos de Eiri. Quizás a él le gusten los amantes osados, de esos que se tiran encima del otro y se restriegan hasta lograr su objetivo. Lástima que yo no sea así, soy demasiado vergonzoso para este tipo de cosas.

            —¿Pasa algo? —me pregunta un tanto preocupado. Tal vez se deba a mi expresión molesta y decepcionada.
            —No —respondo cortante. Y es que sí estoy molesto.
            —¿Estás enojado?
            —No.
            —No seas mentiroso, estás molesto. Se te nota en la cara. —Su voz caprichosa me hace gracia—. ¿Puedo saber por qué?
            —¿Para qué quieres saberlo? —le pregunto.
            —Pues…para quitarte el enojo —me sonríe de forma picarona, acercando su rostro al mío.
            —No es necesario, mejor continúa y terminemos con esto pronto —le digo sonando más molesto que antes. Me da pena contarle a Eiri la razón por la cual estoy fastidiado. Me entienden, ¿verdad?
            —No lo digas como si fuera un mero trámite —me regaña—. Se supone que esto tiene que ser especial para ti.
            —Eiri —le llamo para cambiar de tema—, ¿soy atractivo para ti?
            —Por supuesto, te he dicho muchas veces lo hermoso que eres.
            —Pero no me refiero a eso…
            —Shu, no es el momento para que te pongas a pensar en tonterías, ni menos para hacer preguntas extrañas. —Me vuelve a regañar tratando de zafarse de esta situación—. Mejor continuemos.

            Quedándome callado, observo a Eiri acomodarse entre mis piernas, ordenándome que las abra para tener mejor acceso a mis «partes». Ya no estoy tan avergonzado como en un principio, pero, de todas maneras, me resisto a esto. Definitivamente parezco una doncella virgen.

            Mientras pienso en esto, siento una tibia y gran mano posarse sobre mi «cosita»… ¿Saben a lo que me refiero, cierto? Luego de eso, aquella mano comienza a subir y bajar apretándome suavemente, dándome una placentera caricia que con lentitud me encamina hacia el éxtasis. Algunas gotitas salen de la punta y resbalan por mi piel, pero rápidamente siento un cosquilleo y es la sedosa lengua de Eiri la que se desliza por mi glande. Creo que me derrito, literalmente.

            —¡Ah! —Un gemido estruendoso escapa de mis labios, siéndome imposible el poder contenerlo debido al enorme placer que me generó esa sencilla acción.

            La juguetona lengua de mi novio sigue moviéndose inquieta, lamiendo mi piel completamente sin dejar espacios libres de saliva. Me siento tan caliente que mi cuerpo se quema ya no sólo por el contacto de las manos de Eiri en mi piel, sino que se trata de un fuego que viene desde mi interior y que se propaga rápidamente, rogando ser apagado.

            De pronto, siento que Eiri adentra mi pene en su boca, subiendo y bajando con una lentitud agonizante. Ahora sí creo que me muero…, pero de placer. Es una sensación agradable y extraña a la vez, algo que nunca había sentido. De hecho, se siente incluso mejor que mi mano. ¿Quién diría que te lo hagan con la boca puede ser tan exquisito? Y es que he pasado toda mi juventud dándome placer con la mano que me he perdido de las bondades de las experiencias sexuales con otras personas. Eso suena y me hace ver como un pervertido… Y no. No soy un pervertido, pero tal vez sea una cualidad que se pega con el tiempo. Creo que me estoy juntando mucho con mi novio.

            —Parece que los disfrutas… —me dice en tono lascivo, lamiéndose los labios de forma obscena, mientras mi pene empieza a gotear—. No quiero que termines tan rápido, así que me detendré por un momento.
            —¿Qué? —protesto desconcertado. ¿Quién se cree que es para dejarme así?
            —¿Quieres que siga? Creí que no querías hacerlo, ¿ya cambiaste de opinión? —Su tono irónico me pone los nervios de punta. Detesto cuando intenta pasarse de listo conmigo.
            —Escúchame bien, Eiri Uesugi, no voy a aguantar que me trates así.
            —¿Tratarte así? ¿Así cómo?
            —Da igual. Acaba con esto de una buena vez, quiero dormir —ordeno recuperando la compostura, pues a pesar que estoy excitado, a mi cerebro aún le queda algo de juicio.
            —Shu-i-chi, me gusta cuando me das órdenes, ¿sabes? Eso me pone…

            Esa expresión picante y su tono vulgar me producen un intenso escalofrío. Esto es demasiado para mí, para un niño decente como yo. Es decir, yo que he sido criado bajo una disciplina rigurosa no puedo soportar cosas como éstas. Me siento superado.

            —Deja de decir vulgaridades, ¿no tienes decencia?
            —En la cama, no. Esa palabra no existe para mí. —Su voz seductora y esos ojos hambrientos hacen que me estremezca. ¿Tendré que dejarme seducir por ellos y rendirme totalmente al placer?—. Deberías dejar de ser un reprimido sexual. Está claro que con las expresiones obscenas que hacías mientras te la chupaba, tú tampoco tienes decencia.

            ¡¿Qué acaba de decir?! Abro mi boca para reclamarle por lo que ha dicho, pero Eiri es más rápido que yo: casi siempre se adelanta a cualquier cosa que yo diga o haga. ¡Cómo me molesta eso! Así sella mis labios con un apasionado beso, haciendo disminuir mis ganas de protestar.

            Sin darme cuenta, el juego de placer continúa lentamente. Nuestros cuerpos —desnudos completamente— se rozan de forma erótica y exquisita, calentándonos hasta hacernos transpirar y llevándonos a la culminación de una apasionada danza, que no me apetece narrar en este instante.

            Una vez que hemos terminado, sólo me queda decir que fue un orgasmo increíble, uno como jamás lo imaginé. Me siento aletargado y con una extraña sensación de felicidad, es más, mi parte baja se siente algo incómoda y más sensible de lo normal, como cansada y un tanto ardiente. Es algo que me es difícil de explicar. Ni siquiera yo lo comprendo ni sé definir. Lo cierto es que antes de que pudiera tan siquiera incorporarme o recuperarme de lo reciente, Eiri me tiene con la piernas abiertas otra vez mientras unta sus dedos con un líquido que sale de una botellita azul. No logro ver la etiqueta para saber qué es, pero puedo darme una pequeña idea de para qué sirve. Ahora sí me dio miedo, más bien, tengo ¡pánico! Ojalá los dioses se apiaden de mí. ¡Por favor!

            —Relájate… Si te tensas, te dolerá —me dice mientras un dedo se escabulle fácilmente por mi interior. Es incómodo, por no decir que duele, pero aún así no es tan terrible como creí…, por ahora.

            Luego de varios minutos en los que Eiri preparó mi «entrada» (¿sonaría muy feo si dijera «recto» o «ano»?), tengo la sensación de que ha pasado mucho tiempo. Esto se me ha hecho eterno.

            En fin. Les estaba diciendo que ya estoy listo para «recibir» a Eiri, o eso creo cuando veo masajear su enorme «cosa» para luego, ponerse un condón… Ahora sí me entra el pánico y me dan ganas de salir arrancando como gato asustado.

            Ciertamente, agradezco que Eiri sea gentil conmigo, porque he de decir que no me dolió ni un poquito siquiera. Tal vez al inicio fue extraño, incómodo, pero no dolió… Bueno, para qué les miento: en realidad, sí dolió, bastante, pero soportable. Pudo ser peor…mucho peor. Igual, en un momento dado, pensé que me iba a morir desgarrado o algo similar.

            Encantado les daría los mil y un detalles, pero se me hace tan fuera de lugar…, y no sólo eso, es que en verdad me da penita, digo, vergüenza. Lo importante es que sentir a Eiri dentro de mí fue una experiencia que me encantaría repetir, pero no ahora, ni mañana, ni pasado, porque me duele el cuerpo; incluso tengo el presentimiento de que mañana apenas me podré sentar. Y es que los huesos de la pelvis me duelen y hasta el coxis lo tengo adolorido. Me siento fatal, pero creo que valió la pena.

            En este momento, Eiri se encuentra recostado a mi lado fumando un cigarrillo, mientras yo tengo mi cabeza apoyada sobre su pecho. Le he mirado de reojo en varias ocasiones y se ve bastante feliz por haberme desvirgado, lo cual ciertamente también me hace feliz, es decir, si él está alegre yo también lo estoy. Sin embargo, sé bien que todo este mundo paradisíaco sólo es una burbuja dentro de la terrible realidad. Allá afuera hay un grupo de sicarios tras mi cabeza, vi morir a mi gente y estuve a un paso de ser asesinado. Claramente, después de todo eso, no debiera estar ni feliz ni tranquilo, pero —como Eiri me dijo alguna vez— soy un joven fuerte y valiente, de esos que no flaquea ante nada ni nadie. Según él, éstas fueron las características que le gustaron de mí.

            Si bien, no estoy al cien por ciento en ánimo ni en estabilidad psicológica, tener un orgasmo fue bastante reparador, más de lo que pensé que sería. Así que espero tener un sueño renovador, aunque creo que estaré rodeado de horribles pesadillas… Menos mal que tengo a Eiri a mi lado para que vele mis sueños…
           

            Continuará…

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