sábado, 26 de octubre de 2013

Mi esclavo millonario. Capítulo II

Capítulo II: El cambio

             Removiéndome inquieto, abro los ojos después de varias horas de sueño. Estaba tan cansado que me dormí profundamente y ni siquiera recuerdo haber soñado algo. Eso es un alivio, pues lo que menos quería eran sueños recordándome aquel hecho desafortunado.



            Me acomodo de espaldas y me quedo contemplando el techo de esta habitación algo desconocida para mí, aunque claro, sé perfectamente en donde estoy. Sólo es cosa de mirar hacia mi lado derecho para recordar que me encuentro en el dormitorio de Eiri. Él aún está dormido y con sólo contemplar su rostro me doy cuenta de lo relajado que está. Se me hace hasta tierno… Claro… Él no tiene ninguna preocupación, su vida está prácticamente arreglada y asegurada para toda la eternidad… Me da hasta envidia. En cambio, yo no tengo nada. Ya no tengo familia, ni casa, ni dinero, ni sirvientes. Nada. Estoy solo y desvalido ante el mundo.



         Tal vez suene exagerado o melodramático, pero siento que una parte de mí fue arrancada bruscamente. De verdad me siento solo y desvalido. Ya ni sé en quién confiar, porque aquella persona que llegué a considerar mi padre me traicionó debido a su enorme ambición. Menos mal que tengo a Eiri a mi lado, pero aún así no me siento seguro. Mi tío puede estar acechándome desde cualquier parte... Y, en cualquier momento, puede hacer su última jugada.



            —Buenos días, Shuichi. —Eiri me saluda con voz somnolienta, removiéndose entre las sábanas sin abrir los ojos. Bosteza tapándose la boca y enseguida estira sus brazos.

            —Buenas —digo sin ánimo, alejándome de él instintivamente como si quisiera evitar repetir lo de anoche.



            Si soy sincero conmigo mismo, no quiero que lo de anoche vuelva a suceder, al menos no por ahora; porque mi cuerpo se siente pesado y adolorido, como si un camión me hubiese pasado por encima. Y no es un chiste ni nada. Me duele todo. Todo. Si con sólo mover un dedo me duele hasta la punta del pelo. Claro que hay una parte que me duele más que cualquier otra.



            —Qué poco entusiasmo —exclama bostezando—. ¿Dormiste bien?

            —Sí, gracias… Sólo que… extraño mi cama, mi almohada y mi osito de peluche.



            Nostalgia, eso es lo que siento ahora. Quizás para Eiri sea un sentimiento desconocido, pero para mí ya es algo habitual: siempre he sido un tanto nostálgico, demasiado para mi gusto.



            Me sorprende que mi prometido no haya dicho nada más tras mi respuesta, pues pensé que se reiría de mí o que saldría con algún comentario sarcástico por lo del osito de peluche, lo cual no es broma: en verdad duermo con uno. Mejor dicho, dormía… Aquel conejito rosado que guardo con tanto cariño y que vela mis sueños cada noche, es un preciado regalo de mis fallecidos padres, un regalo que me ha acompañado desde pequeño.



            Quizás Eiri tiene sentimientos «nobles» y yo no me he dado cuenta de eso aún, aunque sé perfectamente que él es una buena persona, un buen hombre. Es decir, por algo mis padres lo eligieron para mí.



            Es probable que se haya dado cuenta que estoy hablando con la verdad. Bueno, él sabe de la existencia de mi osito de peluche, lo que no sabe es que duermo con él.



            —Tenía pensado ir a tu casa y recoger alguna de tus pertenencias —dice en tono reflexivo, mirándome por primera vez en el día—. Si quieres puedo traer el osito con el que duermes.

            —¿¡Cómo sabes que duermo con él!? —exclamo con el rostro sonrojado. Eiri sonríe.

            —Yo sé todo de ti, Shuichi. Y si no lo sé, lo averiguo. —Eiri hace una pausa, pero luego agrega—: ¿no crees que estás grandecito para dormir con osos de peluche?



            Eso es precisamente lo que estaba esperando que me dijera. ¿Era necesario el tono irónico y esa mueca de superioridad? Claro, soy un tonto, olvidaba que estoy hablando del mismísimo Eiri Uesugi: un soltero arrogante, sarcástico y millonario



            —Ese es mi problema, no tuyo. Así que no me molestes. —Eiri sonríe y suelta un pequeño bufido.

            —Sólo espero que no duermas con él cuando te cases conmigo —me advierte con una suavidad sospechosa, escondiendo el tono de malicia que de seguro había pensado utilizar, pues sé que a Eiri le encanta molestarme.



            Me sentí un tanto ofendido por sus palabras, pero no tengo ganas de discutir con él. Mejor me quedo calladito y hago como que no escuché. Hoy no tengo ánimos ni para sonreír, sin contar que me duele el trasero. Y mucho… Como será que hasta me da miedo ponerme de pie, porque, sinceramente, tengo la sensación de que mis piernas no serán capaces de sostener mi cuerpo. Me duele todo, de pies a cabeza.



            —Pediré que nos traigan el desayuno, deberías ducharte por mientras —me informa sentándose en la cama, mostrándome su desnudo y bien formado pecho. ¿Dónde quedó eso de que nadie come en los dormitorios?—: recuerda que K vendrá por ti en un rato más.

            —Lo sé, pero… —articulo apenado. ¿Cómo decirle que tengo una molesta punzada en el trasero, sin que se ría de mí?

            —¿Pero? ¿Sucede algo?

            —Es que… no me puedo mover… —susurro con el rostro rojo por la vergüenza.



            La sonrisa picarona que Eiri me dirige era justo lo que quería evitar.



            —Tranquilo, será así mientras te acostumbras —me dice quitándole importancia al asunto. Me alivia que no haya hecho algún comentario malintencionado.

            —Pero me duelen las caderas…

            —¿Sólo las caderas? —pregunta con un extraño brillo en los ojos.

            —Eres un pervertido, Eiri —respondo exaltado, arrojándole una almohada a la cara para luego escapar al baño.



            Afortunadamente, no me caí durante mi impetuosa carrera hacia la regadera y, ciertamente, agradecí que mis piernas resistieran mi peso. Lo mejor de todo es que el cuerpo no me duele tanto como creí, así que espero que el agua caliente sea suficiente para amainar esta sensación molesta.

            Puedo oír a Eiri gritando improperios en mi contra y jurándole a los cuatro vientos que se vengará de mí por lo del almohadazo. Me causa gracia, pero él se lo buscó.

           

            En fin. Metiéndome a la regadera, doy el agua y me sumerjo bajo ella, dejando que las finas gotas vayan mojando mi piel. Cierro los ojos y me relajo… Me relajo tanto que ni siquiera me doy cuenta cuando Eiri ingresa al baño y se queda mirándome pasmado durante varios minutos —seguramente— admirando mi cuerpo desnudo. Y es que, por si no lo había dicho, la ducha tiene mamparas.



            —¿Cuánto rato llevas ahí? —grito, causando que Eiri esboce una sonrisa picarona.

            —Eso no importa, tonto. ¿Acaso no puedo admirar tu cuerpo desnudo? —Le miro con el rostro desencajado sin saber qué responder ante eso. Pensé en reclamarle, pero sinceramente no sé qué decirle.

            —Pues, en vez de ponerte a observar mi desnudez, deberías estar en mi casa, con cara de víctima y de prometido preocupado; lamentando mi «pérdida» y preguntándote qué rayos fue lo que pasó y en dónde estoy —le reclamo alzando la voz con cierta indignación, ya que se supone que, como mi novio, debería aparentar el estar preocupado por no saber sobre mi paradero y conmocionado por lo sucedido en mi mansión. Al menos, yo lo veo así.

            —Tranquilízate, ya habrá tiempo para hacer el papel de víctima. Además, siempre puedo inventar alguna excusa, Shuichi.

            —¿Y lo dices así tan campante?

            —¿Y cómo quieres que lo diga? ¿Quieres que me ponga a llorar o que haga una escena dramática de teleserie? No seas ridículo.



            Me quedo en silencio haciéndome el desentendido ante sus palabras, creyendo que tal vez tiene algo de razón. Eiri no es el tipo de persona que hace «escenitas» y creo que fui un iluso al pensar que podría llegar a hacer un buen rol de víctima. Claramente, me equivoqué.

           

            Cierro la llave del agua caliente y me preparo para salir de la ducha bajo la atenta mirada de Eiri. Debo aceptar que ya no me da tanto pudor que él me vea desnudo, aunque sí me incomoda el descarado escrutinio de sus ojos dorados: es como si su mirada me quemara la piel.



            Rápidamente me envuelvo en una toalla mientras Eiri se mete en la ducha. Por supuesto, me detuve a observar a mi Adonis, pues anoche no tuve la oportunidad para mirar con detenimiento cada recoveco de su cuerpo atlético. Eiri es tan sexy que con sólo mirarlo siento que un calorcito me invade y me quema por dentro, ni qué decir del cosquilleo que se apodera de la parte baja de mi vientre.



            Con el rostro rojo como un tomate, me doy vuelta con rapidez esperando que Eiri no haya notado mi descarada inspección, porque eso sí que me daría vergüenza. Tampoco quiero imaginar lo que me diría ni lo mucho que me molestaría: no es agradable ser blanco de sus burlas.



            Salgo del baño con el rostro sonrojado, pero se me pasa al poco andar. Mi cuerpo ya está seco, así que sólo debo colocarme la muda de ropa que utilicé el día anterior. Me carga usar la misma ropa durante dos días, pero teniendo en cuenta mi situación no puedo quejarme. Es más, debería agradecer el que Tatsuha haya dejado ropa aquí, porque de lo contrario tendría que andar desnudo o con una bata encima o con la ropa de Eiri. Quién sabe…



            A penas termino de vestirme, llaman a la puerta. Seguramente, es el desayuno, lo cual agradezco, pues ya tengo hambre.





            Luego de llenar mi estómago hambriento y hablar con Eiri un rato, nuestro amigo K llega a buscarme. Él es director de cine, un hombre que ama las películas de guerra y las de acción. Su pasión en la vida —además de su profesión— son las armas de fuego, por lo que intimida un poco notar que siempre anda trayendo una. Bueno, en su tierra natal eso es normal, pero aquí no; y a pesar que lleva diez años viviendo aquí, aún no se le quita esa manía de andar repartiendo balazos a diestra y siniestra. Sin embargo, es nuestro mejor amigo, él único que Eiri y yo tenemos en común. De hecho, yo se lo presenté a Eiri hace ya unos 5 años atrás. Ah, recuerdo ese día como si fuera ayer… Y no, no fue ayer. ¡Cómo pasa el tiempo!



            Al parecer, K tiene todo listo para cambiar mi aspecto, así que rápidamente me arrastra hacia las afueras de la casa de Eiri. Con suerte alcancé a darle un pequeño beso, para luego ser metido a la fuerza al lujoso auto de K. Bueno, ya tendré tiempo para besar a Eiri todo lo que yo quiera.



            De camino a la casa de mi amigo, todo fue un absoluto silencio. K estuvo mirándome de reojo como si estuviera sorprendido de mi tranquilidad. O tal vez, lo que le sorprendía era que haya aceptado la descabellada propuesta de Eiri. Quien sabe. Lo cierto es que cuando llegamos a su casa, no paró de hablar ni de dar órdenes.



            —Bien, mi querido Shuichi, a partir de ahora comenzaremos con tu transformación —anunció riendo como desquiciado, con las manos en la cintura.

            —¿Qué me harás?

            —No es la gran cosa, mi pequeño Shu. Sólo cambiaremos el color de tu cabello y lo cortaremos un poco.

            —Oh, ya veo.

            —Bien, hazme el favor de sentarte aquí —me dice indicándome una silla frente a un mueble con un espejo—. Tomoe se encargará de tu transformación, ¿estamos?



            Muevo la cabeza en señal de aceptación e, inmediatamente, Tomoe —un reconocido estilista y maquillador— comienza a hacer malabares en mi cabeza para dejarme con el cabello más corto y de un color castaño claro con reflejos verdosos. Después de eso, esparce una crema de color piel sobre mi rostro, delinea mis párpados y me obliga a colocarme unas lentillas de color azul. Luego me pone frente a un espejo y mis ojos se abren como platos. Estoy impactado. ¿Quién es el sujeto que está frente a mí? Claramente no soy yo, no me reconozco. Sé que el cambio ha sido nimio, pero es increíble lo diferente que me veo. No lo puedo creer.



            —¡Nice! —exclama K al ver el resultado—. Con esto, ni Eiri será capaz de reconocerte.

            —¿Tú crees? —pregunto algo inseguro. Es decir, sólo fueron un par de cambios, sigo siendo yo.

            —¡Por supuesto! Estás irreconocible, aunque aún faltan algunas cosas. Si quieres ser esclavo de Eiri debes estar impecable y presentable en todos los sentidos. Así que Mizuki te arreglará las uñas de las manos y los pies, luego te darás un baño y te pondrás el traje que Eiri compró exclusivamente para ti.



            No sé si debería sentirme emocionado porque Eiri ha comprado algo para mí. Y es que me da escalofríos de sólo imaginarme el tipo de traje que ha de ser. Espero estar a tiempo para arrepentirme, aunque algo me dice que ya es demasiado tarde. Creo que estaba muy desesperado cuando acepté la propuesta de mi novio. ¡Rayos!



            Asintiendo a cada una de las órdenes de K, dejo que Mizuki haga su trabajo en mis uñas: las corta, las lima y hasta me exfolia las manos y pies. Ignoro cuánto tiempo estuve sentado, lo cierto es que después de que terminó, fui depilado desde cuello hasta los pies y obligado a darme un baño de tina con sales aromatizantes, espuma, jabones y un sin fin de cosas más, sólo para que después me embetunaran en crema y perfumes.



            Hastiado, termino encerrándome en la habitación de K, cubriendo mi cuerpo desnudo con una bata, mientras admiro estupefacto el «modelito» que yace ante mí. ¡Ni muerto me pongo esa cosa! ¿Qué rayos se ha creído Eiri? ¿Se está burlando de mí? Estoy enojado, más bien, furioso. No sé en qué estaba pensando Eiri cuando compró esa porquería. Ni crea que me lo pondré. ¡Sobre mi cadáver!



            De reojo, observo el dichoso trajecito, que por cierto no me tapará nada. De hecho, sólo son correas de látex .Si me pongo eso quedaré totalmente expuesto… ¡Ay, qué alguien me ayude!



            —¿Shuichi? ¿Ya te vestiste? —pregunta K desde el otro lado de la puerta.

            —¡Dile al mugroso de Eiri que no pienso ponerme esta porquería!

            —¿Oh? Pero si él lo compró para ti con todo su amor.

            —¡Su amor mis testículos! No pienso ponérmelo —grito enojado. Si Eiri cree que seré parte de sus perversiones, está muy equivocado.

            —Está bien, tranquilo, le llamaré enseguida.



            Puedo escuchar los pasos de K alejarse de la habitación.



            Frustrado, cansado y enojado me recuesto sobre la cama para admirar el techo y pensar en el embrollo en el que me he metido. Estoy tan arrepentido, pero ya metí los pies hasta el fondo y no sé cómo salir de esto: quiero a mi mamá.



            —Shu, Eiri está al teléfono: quiere hablar contigo. —K ha entrado en la habitación con un teléfono inalámbrico en la mano. Se lo arrebato sin decir nada y lo pongo en mi oreja.

            —Ni creas que me pondré eso, Eiri Uesugi.

            —Lo supuse, pero tranquilo. Si quieres, no te lo pongas; pero después ni pienses en hacer berrinches de este tipo, porque no voy a aceptarlo. —Su voz suena molesta y dudo que sea por mi «berrinche».

            —Está bien, después me pondré todo lo que quieras —respondo resignado.

            —Más te vale, porque ya te dije que no tendré consideraciones contigo.

            —Sí, ya me lo dijiste. —Suspiro—. ¿Estás en casa?

            —No, estoy en la mansión Shindou.

            —¿Eh? ¿En mi casa? —pregunto sorprendido. Si bien me había dicho que iría, no pensé que fuera a hacerlo hoy mismo.

            —Sí, la policía aún está aquí y no me dejan pasar. Me han estado haciendo algunas preguntas y me citaron para declarar.

            —Oh, ya veo…

            —También están los periodistas: creo que hice un buen papel como novio tremendamente afectado con lo sucedido. Me hicieron preguntas durante un rato, pero la policía ya los despachó.

            —Más te vale que hayas fingido bien, mira que con esa tranquilidad insensible que te gastas, capaz que te consideren sospechoso.

            —No digas estupideces: soy el que más ha perdido con todo esto.

            —¿Disculpa? El único que ha perdido aquí soy yo —le digo indignado. ¿Cómo se atreve a decirme eso si, por el contrario, él se ha ganado un nuevo esclavo?

            —Como sea, nos vemos después.



            La llamada se corta y yo me quedo con ganas de decirle a Eiri unas cuantas cosas. Es más, tuve que contenerme para no arrojar el teléfono contra la muralla, porque de hacerlo K me habría matado a balazos. En fin, al menos pude evitar una bochornosa escena en la que yo era partícipe modelando esta cosa que ni siquiera es digna de ser llamada traje. Lo que no sé ahora es qué me pondré.



            —¿Y bien? —me pregunta K para llamar mi atención.

            —Eiri dijo que no me lo pusiera.

            —Good, entonces, irás desnudo.

            —¡¿Qué?! ¿Te volviste loco? —grito exaltado, poniéndome de pie para enfrentarle.

            —¿Y cómo piensas ir? Recuerda que serás un esclavo, tienes que acostumbrarte ahora.

            —Pero…

            —Escucha, Shuichi, si quieres que esto resulte y que Tohma no te descubra, tienes que cooperar y dar lo mejor de ti. Ya es demasiado tarde para que te arrepientas.

            —Lo sé —digo resignado—, pero ¿andar desnudo?: eso es demasiado para mí.

            —Debiste pensar en eso antes de aceptar la propuesta de Eiri.

            —Ya sé. —Me cruzo de brazos, enojado conmigo mismo.

            —Bien, ahora ponte esto —me dice sacando de la nada una tanga masculina. Mi rostro se desfigura por el horror de ver algo tan diminuto, pero imagino que es mejor que andar desnudo—. Te tapará lo justo y necesario, así que no puedes quejarte. Además, Eiri me envió una capa para que uses encima.

            —De acuerdo…



            Resignado, le hago señas a K para que se retire y, enseguida, me quito la bata para ponerme la tanga. Claro que antes de hacerlo, me quedo mirándola por largo rato como si se tratara de un bicho raro. Me da vergüenza usar algo así, pero creo que empiezo a entender que en este «oficio» hay que dejar de lado el pudor y la decencia. Definitivamente, no sé en qué estaba pensando cuando decidí hacer esto.



            Una vez listo, me pongo la bata nuevamente. Justo en ese instante, la nana de K aparece para avisarme que el almuerzo está listo. No puedo creer que el tiempo haya pasado tan rápido, es más, pensé que aún era temprano. Sin embargo, si lo medito con detenimiento, entre el corte y teñido del cabello me demoré como una hora, con la manicure fue otra hora más, y así sucesivamente. Ahora entiendo por qué las horas transcurrieron tan rápido.



            Al bajar al comedor, me doy cuenta que K y yo estamos solos. Todos se han ido ya. Supongo que es lo mejor, porque creo que mi amigo tiene muchas preguntas que hacerme. Muchas dudas que sólo yo puedo desvanecer. Imagino que Eiri no le dio muchos detalles de lo sucedido, lo cual era de esperarse, pues el afectado soy yo. Soy el único indicado para contar, con lujo de detalles, el infierno que viví hace dos noches atrás.



            La nana nos sirve el almuerzo: un poco de arroz y carne con salsa de champiñones, acompañado de algunas ensaladas y vino tinto. Tengo hambre, así que, sin perder el tiempo, comienzo a engullir todo lo que hay a mi paso. Y el que diga «engullir» no quiere decir que parezca un animal hambriento arrasando con todo, no olviden que soy un multimillonario y, por tanto, comer se vuelve un arte tan complejo como la pintura. Siempre hay que ser elegante y mantener el decoro por sobre todas las cosas.



            —Shuichi —dice K—, Eiri me estuvo contando lo que sucedió. Aún no puedo creer que hayas pasado por todo eso y estés tan tranquilo.

            —Es lo único que puedo hacer, K: no saco nada con llorar y lamentar mi situación.

            —Lo sé, pero ¿estás bien con eso? —Su voz varonil suena preocupada, y sus ojos azules se posan sobre mí con aire paternal. Suspiro.

            —Claramente, no. Pero sólo me queda ser fuerte, ¿no crees? Además, tengo a Eiri a mi lado y también a ti.

            —Shuichi… No quería preguntarte, pero ¿qué fue exactamente lo que pasó? Eiri me dijo algunas cosas, pero ya sabes como es: todo lo explica resumidamente para ahorrar palabras.

            —Ni me lo digas: me encanta que sea tan comunicativo —digo con ironía. K sonríe.

            —Es cierto, Eiri es un hombre de pocas palabras, no entiendo cómo puedes llevarte tan bien con él.

            —Supongo que eso es lo que llaman «amor», ¿no? —Los labios de K se curvan en una fina sonrisa, para luego llevarse a la boca su copa de vino.

            —Es posible, pero no nos desviemos de lo importante.

            —Es cierto… Es una historia larga, K. ¿Estás seguro de querer escucharla?

            —Descuida, tenemos todo el tiempo del mundo —me dice con tono despreocupado—. Soy todo oído.

            —Pues… hace un mes, sin querer, oí una conversación de mi tío y otro sujeto en la oficina de la gerencia. —Comencé a explicar—. Mi tío le decía al sujeto que ya tenía todo listo para deshacerse de mí y quedarse con toda mi fortuna, entre otras cosas.

            —¿Por eso contrataste guardaespaldas?

            —Sí, lo hice por precaución. Al principio, me costó creer que mi tío estuviera urdiendo un plan en mi contra, pero ya había notado algunas acciones sospechosas en él que me habían hecho dudar. Incluso Eiri me había dicho que desconfiara de él. —Hice una pausa para beber vino.



            »Entonces, decidí reunir a mis sirvientes y a los guardaespaldas que contraté para explicarles lo que estaba sucediendo. No sabíamos cuándo atacaría Tohma, así que debíamos estar preparados para toda eventualidad, incluso tomé un curso para manejar armas de fuego y también instruí a mis sirvientes. Fue un mes horrible, porque vivía día a día pensando que tal vez sería el último. Es más, ni siquiera podía dormir en la noche.



            »Antes de ayer, recién me había acostado, ya casi todos los sirvientes dormían y sólo los guardaespaldas merodeaban por la casa. Yo no podía conciliar el sueño debido a que el pecho me dolía, parecía que mi cuerpo intentaba mantenerme despierto por alguna razón. Estuve dando vueltas en la cama buscando dormirme, hasta que Walter, mi mayordomo, apareció en mi habitación, asustado y agitado.



            »—Joven Shuichi, levántese —me dijo moviéndome con urgencia—. Tiene que salir de aquí. ¡Rápido!

            »—¿Qué está pasando, Walter? —pregunté preocupado y medio desorientado.

            »—No haga preguntas, sólo apresúrese. Aquí tiene su bata y sus zapatos de descanso. —Confundido, sólo atiné a ponerme la bata y los zapatos, mientras Walter sacaba el revólver que estaba bajo mi almohada—. Tenga, la necesitará —me dijo haciéndome entrega del arma.

            »—¿Qué sucede?

            »—Ellos han venido por usted, tiene que salir de aquí.

            »—¿Qué? Pero ¿cómo? —Walter ignoró mis preguntas y sólo me tomó del brazo para obligarme a caminar.



            »Salimos por el pasillo y rápidamente entramos a la biblioteca. Yo seguía confundido, pero el sueño se me había esfumado y en mi mente sólo hacía eco mi espíritu de sobrevivencia. Sabía que tenía que arrancar, pero estaba asustado e histérico. Recuerdo que el sonido de unos disparos llegó a mis oídos y, si bien fingí no escucharlos, mi alma y mi cuerpo entero se estremecieron.



            —En las noticias dijeron que los vecinos no escucharon balazos —intervino K.

            —Yo sí los escuché. Los tipos tenían silenciadores, pero nosotros no —expliqué—.

            —Comprendo —dijo reflexivamente, luego agregó—: puedes continuar.

            —Pues, cuando llegamos al piso inferior, salimos al patio trasero por una puerta que sólo está accesible si se entra a la biblioteca del segundo piso. Escuché más disparos y unos gritos estremecedores, entonces, mis nervios colapsaron y comencé a temblar.



            »—No puedo más, Walter —dije casi sin aliento.

            »—No diga eso, Joven Shuichi: haga un último esfuerzo. Tiene que salir vivo de aquí. Hágalo por nosotros. —Asentí dudoso, tembloroso y al borde del llanto.

           

            »Estuvimos detenidos en el jardín por unos momentos hasta que escuchamos los gritos de unos hombres que decían que habíamos salido por atrás. Entonces, reanudamos la marcha. Un guardaespaldas salió a defendernos, pero fue rápidamente abatido por los matones. Eran seis en total. Lo sé porque los vi cuando me tropecé y caí de bruces al suelo.



            »—¡No dejen que escape! —dijo uno de ellos, mientras los otros disparaban. Por suerte, estábamos lejos de ellos y no tenían buena puntería.

            »—¡Rápido, Joven Shuichi, suba! —me dijo Walter ayudándome a escalar el muro que daba a la calle.

            »—No puedo, no alcanzo.

            »—¡Ahí vienen! ¡Rápido!

            »—Pero, Walter, no puedo dejarte aquí —le dije preocupado, porque él se había vuelto mi padre desde que los míos murieron. Él era muy importante en mi vida. Era mi amigo, mi confidente, mi todo. Sabía que si saltaba por el muro, él se quedaría ahí esperando su muerte.

            »—No se preocupe por mí: yo estaré bien. —Con la desesperación a flor de piel, junté fuerzas y logré subirme a la muralla.

            »—Walter —llamé a modo de despedida. Él sólo me miró y sonrió, como si con eso me dijera lo agradecido que estaba por haberme acompañado durante todos estos años.



            »Después de eso, salté hacia el otro lado. Y corrí. Corrí sin parar, sin importarme siquiera el dolor agudo en mi tobillo izquierdo al torcérmelo por caer mal. Escuché los gritos de mis captores, pero no fui capaz de mirar hacia atrás. Sólo corrí y corrí: con el alma abatida y el pecho oprimido. Y así, sin darme cuenta, pasé la noche corriendo por las calles. Caminé durante horas hasta alejarme lo suficiente para poder recuperar el aliento. Recién cuando me aseguré de que mis captores habían perdido mi rastro, me detuve a descansar sentándome en la calzada.



            —Debió ser terrible para ti —dice K una vez que acabo mi relato.

            —Lo fue —respondo con voz rasposa, aguantándome las ganas de llorar. Mi garganta se siente apretada—, y aún lo es. —Mi voz se quiebra y un débil sollozo escapa de mis labios. Ya no puedo aguantar más este dolor. Necesito desahogarme. Comienzo a llorar…

            —Ven aquí —me dice con tono suave y aire paternal, a la vez que me estrecha entre sus brazos de forma protectora—. Haces bien desahogándote —me dice acariciando mis cabellos—: llora todo lo que quieras…





            Después de varios minutos de un llanto desconsolado, mis sollozos desaparecen y se convierten en débiles suspiros. Gracias a esto me siento mucho mejor, incluso diría que mis ánimos se han renovado y que el pasado ha quedado atrás. Sin duda necesitaba desahogarme, echar afuera toda esa pena y angustia.



            —Ya me siento mejor, gracias —le digo a K, separándome de él.

            —Puedes estar tranquilo, Shuichi —me dice con ese tono paternal de antes—, Eiri y yo te ayudaremos como sea: no dejaremos que Tohma se salga con la suya.

            —Muchas gracias, K. Me alegra saber que puedo contar con ustedes: de no ser así, no sé que sería de mí.



            Intercambiamos sonrisas y luego, terminamos de comer para después acabar con los arreglos de mi cambio de imagen.

           



            A eso de las cuatro de la tarde por fin estuve listo para ser presentado a mi nuevo amo. Mi cabello castaño verdoso topaba mis hombros gracias a las extensiones de cabello que me pusieron, mis ojos ahora lucían un color más azulado y en mis orejas se podían vislumbrar varios aros sobrepuestos, haciéndolas parecer un mini árbol de navidad.



            Mi humanidad era cubierta sólo por la tanga masculina, pero K me colocó una suerte de capa con capucha que me cubría de pies a cabeza. Menos mal, porque ni loco saldría a la calle trayendo sólo una tanga.



            —A partir de este momento, Shuichi, ya no serás tú —anuncia K—. Una vez que crucemos la puerta, pasarás a ser un esclavo que deberá cumplir los deseos de su amo. Y más vale que te acostumbres a este nuevo estilo de vida con rapidez, porque así nos evitaremos cualquier sospecha. —Asentí atento a cada palabra—. Eiri te explicará mejor de qué va todo esto, pero recuerda, por sobre todas las cosas, que Eiri será tu amo y que no puedes tratarlo como a un igual. ¿Entendido?

            —Sí.

            —Bien. Es hora de irnos.



            Algo nervioso e inseguro traspaso el umbral de la puerta y, con sentimentalismo mal disimulado, dejo atrás mi antigua vida. Me queda un camino largo y difícil de recorrer, pero sé que mientras Eiri y K me estén apoyando, daré lo mejor mí. No puedo darme el lujo de flaquear, porque ahora se viene mi venganza. Quiero que Tohma sufra, que sea incapaz de disfrutar cada uno de los centavos que dejé: quiero que se arrepienta por haberme traicionado.



            Estoy consciente de que lo más correcto, en una situación así, es ir a la policía y confesar todo: dejar que ellos y la justicia se encarguen de mi tío. Pero no. Yo no quiero eso. No aún. Quiero darle una lección a Tohma para que se arrepienta de lo que hizo el resto de su larga existencia. Sé que la justicia llegará en algún momento y estoy conforme con ello, pero por ahora no es mi prioridad. Ya habrá tiempo para ello y mientras esté desaparecido, no hay nada que se pueda hacer, creo. Eiri debe saber mejor, pues él es abogado, además de ser el excéntrico dueño de una importante minera. Yo no sé de esos temas, ya que soy un simple administrador de empresas, heredero de una enorme cadena de hoteles.



            Como sea, ya casi llegamos al hogar de Eiri y mi nerviosismo aumenta con cada metro que avanza el automóvil. Como será, que mi corazón palpita tan fuerte que siento su golpeteo incesante contra mi cavidad torácica.



            Al llegar, bajo del auto junto a K y caminamos hasta la entrada. Allí permanecemos por varios minutos sin atrevernos a tocar el timbre. Y es que a mi me da pánico enfrentar a Eiri con estas fachas y K, por otro lado, parece entender mi sufrimiento.



            —Ya no puedes arrepentirte —me dice a modo de consuelo.

            —Eso no me ayuda —le digo con tono de reproche—. No quiero hacer esto. ¡Me da vergüenza!

            —Debiste pensar en eso antes.

            —¡Pero sí lo hice! Yo no tengo la culpa de que Eiri tenga tanto poder de convencimiento, y que sea tan irresistible que se me haga imposible decirle que no —exclamo con drama y cierto aire de berrinche—. Además, se veía tan emocionado que, a pesar de que la idea me daba escalofríos, no pude negarme a sus ojos de cachorrito. ¿Entiendes eso? ¡Eran sus ojos de cachorrito! No pude evitarlo.

            —Pero Eiri no pone ojos de cachorrito, ese eres tú —me rebate haciendo gala de sus conocimientos. Y tiene razón. Eiri no pone ese tipo de expresiones, pero ni yo consigo comprender en qué momento acepté hacer esta locura. Imagino que sencillamente no puedo negarme a los encantos de Eiri.

            —Es que no lo has visto —digo como si esperara convencerlo, pero está claro que no sucederá.



            Desvío la mirada contemplando el paisaje y K me observa sonriendo, pensando seguramente que soy un tonto enamorado.



            Inevitablemente, mientras miro a mi alrededor, y recuerdo cómo llegué a casa de Eiri…



            Estando sentado en la calzada, me sentía tan molido y apaleado que pensé que no podría moverme más. Mi tobillo torcido me recordaba el porqué m encontraba allí deambulando por las calles en plena madrugada No sabía a dónde ir, pero mis pies me llevaron inconscientemente a la casa de Eiri.



            Nibbiria es una ciudad calificada como paradisíaca, próspera gracias a su atractivo turístico y la explotación de sus recursos naturales. No sé si lo he dicho, pero mi familia es dueña de una cadena hotelera famosa y altamente cotizada por estos lados. Claro, actualmente, yo soy el dueño y único administrador, pues heredé toda la fortuna cuando mis padres murieron. En fin.



            A duras penas, reanudé mi andar rumbo a la casa de Eiri, pues él era mi única opción. Por supuesto, pensé en ir a la policía o ir con K, pero tuve miedo de hacer lo primero. Y es que una angustiosa, fuerte e inexplicable duda, invadió mis entrañas mientras trataba de ordenar mis ideas. Estaba perturbado, en shock, así que sólo pude hacerle caso a mis ansias de saberme protegido. Por eso, corrí desesperadamente a los brazos de Eiri. No soy muy conciente de cómo llegué, sólo sé que ya estaba amaneciendo y que mi tobillo aún dolía



            —Lo siento, pero no damos limosnas —me dijo una de las sirvientas de Eiri, Mizuki.

            —Necesito ver a Eiri —pedí con urgencia.

            —El amo no puede atenderle.

            —Lo hará —dije molesto, perdiendo la paciencia. Hice a un lado a la mujer y entré, recorriendo rápidamente el amplio jardín. Entré a la casa y fui directo a las escaleras, en donde estaba el estudio de Eiri.



            Mis memorias se ven interrumpidas. K ha tocado el timbre y rápidamente la reja de entrada se ha abierto, dejándonos el camino libre hacia el interior del jardín. No sé si lo había mencionado, pero Eiri tiene una casa bastante grande, claro que no es una mansión como la mía, sólo es una casa grande. Es un lugar ostentoso, perfecto para alguien como Eiri, alguien a quien le encanta restregarle en la cara a los demás lo millonario que es. Totalmente contrario a mí: no me gusta ser ostentoso. Entre más sencillo, mejor.



            Al llegar a la puerta, una chica con los senos al aire nos recibe haciendo una leve reverencia, dejándonos pasar mientras nos dice que el amo viene enseguida. K camina por  el vestíbulo hasta llegar a la sala de estar y ahí nos quedamos de pie esperando a Eiri.



            Está demás decir que estoy nervioso. Las piernas me tiemblan y ni siquiera me atrevo a mirar a mi alrededor. Lo mejor de todo es que traigo la cabeza cubierta por la capucha de la capa, por lo que nadie puede ver mi rostro avergonzado.



            —Se me había olvidado decirte —dice K de improviso, susurrándome—: como nadie puede saber quién eres, usarás un nombre falso. Te llamarás Ryuichi.

            —¿Ryuichi? —repito—. De acuerdo.

            —No tendrás que preocuparte por los documentos que acrediten tu identidad, porque no los necesitarás. El nombre es sólo para que tu amo te identifique. ¿Estamos?

            —Sí.



            Creo que necesitaré tiempo para acostumbrarme a mi nuevo nombre. En realidad, necesitaré tiempo para acostumbrarme a todo esto… Suspiro apesadumbrado mientras escucho unos pasos que se acercan a nosotros. Imagino que es Eiri. No quiero verle y no quiero que me vea así, pero supongo que es inevitable. Tengo que hacerme de ánimos para comenzar con esta nueva vida: mi vida como esclavo.



            —K, qué gusto verte —exclama Eiri con falsa sorpresa, acercándose a nosotros. Saluda a K con un abrazo.

            —Igualmente, Eiri.

            —¿Qué te trae por estos lados?

            —Creo que ya te lo había comentado —anuncia—: vine a traerte un regalo. Espero que te guste.

            —Pero no estoy de cumpleaños, K. ¿Por qué el regalo?

            —Eso es lo de menos, Eiri: no necesito que sea tu cumpleaños para traerte un presente —explica mientras me jala del brazo para que me acerque más—. Él es Ryuichi —dice señalándome—, tu regalo y tu nuevo esclavo.

            —Interesante… —susurra esbozando una sonrisa que me da escalofríos.



            Eiri se acerca sigilosamente para quedar frente a mí, muy cerquita. Con su mano me obliga a levantar el rostro, y la capucha se cae dejándome al descubierto. Sus hermosos ojos se abren de par en par mostrando evidente sorpresa, y eso me hace recordar las palabras de K: «con esto, ni Eiri será capaz de reconocerte». Parece que tenía razón.



            —Ryuichi, ¿no? —pregunta para confirmar, mirándome extasiado mientras sus labios se curvan en una sonrisa burlona.

            —Sí, Amo —susurro muy bajito. Estoy temblando de pies a cabeza.

            —Es lindo —exclama, dirigiéndose a K—, me gusta.

            —Qué bueno, porque lo elegí especialmente para ti.

            —Gracias, K.

            —De nada, estoy para servirte.

            —¿Quieres algo para beber? —pregunta por mera cortesía.

            —No, gracias, no te preocupes. Ya tengo que irme, tengo muchas cosas que hacer aún. Lamento no poder quedarme un rato.

            —Descuida, entiendo.

            —Bueno, cuida a Ryuichi.

            —Lo haré —dice sonriendo.



            K se despide y quedamos solos en la sala de estar. Yo, como aún sigo avergonzado, me he quedado con la cabeza gacha contemplando el suelo, esperando vanamente que este se abra y me trague. ¿Por qué me tienen que pasar estas cosas?



            —Ven conmigo, Ryuichi: te mostraré la casa y tu dormitorio. Después te presentaré a los otros sirvientes —me dice con una agradable sonrisa, como si intentara hacerme entrar en confianza.



            Sin oponer resistencia, sigo a Eiri caminando siempre tras él. K me dijo que un esclavo nunca puede ir delante de su amo, y sólo puede ir a su costado si tiene la autorización. Así llegamos al estudio y me hace entrar, cerrando la puerta con llave para que nadie nos interrumpa. ¡Y yo que en verdad pensé que me mostraría mi dormitorio!



            —Sí que estás irreconocible —exclama, invitándome, con un gesto, a tomar asiento frente a su escritorio—: estoy gratamente sorprendido —me dice mientras se sienta al otro lado.

            —Los chicos hicieron un buen trabajo, ni yo me reconozco.

            —Si no hubiera sabido que eras tú, habría pensado que se trataba de alguien completamente diferente. Me sorprendí cuando te vi.

            —Ni me lo digas —respondo de mala gana, fastidiado.

            —Shu, estás hermoso. —Su cálida expresión hace que mi ser se estremezca. Mis mejillas se sonrojan—. No te avergüences, amor. Tienes que estar orgulloso de ser tan guapo. Apuesto a que mis esclavos te tendrán envidia.

            —Pero si ya me envidian por ser tu prometido.

            —Lo sé, pero ahora será distinto, porque eres uno de ellos —explica—. De todas maneras, yo voy a protegerte. Sé que te dije que no tendría consideración contigo ni tampoco privilegios, pero las rivalidades entre esclavos pueden ser muy peligrosas, y no tengo intenciones de exponerte al peligro. Así que ya ideé un plan para tenerte bien cerca de mí. Sólo falta ponerlo en práctica y que tú te quedes con el puesto.

            —¿De qué estás hablando? —pregunto confundido. Y es que otra vez se muestra emocionado: parece que cuando eso sucede se vuelve más locuaz. Incluso habla más rápido.     —Del plan que ideé para tenerte cerca y evitar que mis esclavos te hagan daño —me responde haciendo gala de una paciencia que rara vez muestra.

            —¿Y de qué va eso?

            —Pues, básicamente, se trata de un concurso para elegir al esclavo que se convertirá en el mayordomo o ama de llaves de la casa. Si obtienes el puesto, gozarás de ciertos privilegios como dormir conmigo, por ejemplo.



            Su explicación me ha dejado un tanto perplejo, aunque creo que lo que me descolocó fue su ejemplo, no el plan. Ése es una buena idea, porque así podré estar con Eiri todo el día y pasar tiempo a solas con él sin que nadie sospeche, y sin que sus esclavos me odien. Claro que no puedo estar seguro de que no me odiarán, pero al menos estaré bajo la protección de Eiri.



            —Me gusta —respondo con seguridad y confianza—. ¿Qué tengo que hacer?

            —Eso aún no lo defino; pero no tienes que preocuparte: haré que ganes, lo cual no significa que no debas esforzarte. Debemos evitar que los chicos sospechen de una preferencia ex ante.

            —Está bien, haré lo que pueda.

            —Eso espero, porque quiero que te conviertas en mi mejor esclavo. —Ambos sonreímos, pensando que esta situación es extraña.

            —¿Cómo te fue en mi casa? —pregunto para cambiar de tema.

            —Ya te dije. Me encontré con los policías y me estuvieron haciendo algunas preguntas: estoy citado para declarar. También estaban los periodistas, pero no pasó nada relevante.

            —Ya veo… ¿No viste a Tohma?

            —No, él no estaba. Pero… —hace una pausa para poner suspenso—. Te tengo buenas noticias.

            —¿Eh? ¿De verdad? —Eiri asiente sonriente.

            —Pude sacar tu conejo de peluche —me dice—, lo tengo sobre mi cama.

            —Oh, comprendo —respondo decepcionado. Pensé que sería otra cosa.

            —Tonto, eso no es todo, así que no pongas esa carita de cachorrito. —Se apresura a decirme al notar mi desilusión—. Le pregunté a los policías sobre tus sirvientes, y me dijeron que tres de ellos están con heridas graves.

            —¿Qué tiene eso de bueno?

            —Tal vez no sea bueno, pero cierto anciano es uno de ellos.

            —¡¿Walter?! —pregunto con urgencia. Eiri sonríe satisfecho, como si hubiese estado esperando esa pregunta.

            —Walter está bien, recibió una bala en el pecho, pero se recuperará.

            —¿En serio?

            —Bueno, eso fue lo que me dijeron, no pude comprobarlo. Pero si gustas puedo ir al hospital a preguntar.

            —¿Harías eso por mí? —pregunto entre emocionado y agradecido

            —Claro, tonto, por ti haría muchas cosas, ¿sabes? Recuerda que soy tu prometido. —Me pongo de pie y camino rodeando la mesa para llegar hasta Eiri.

            —Muchas gracias, Eiri —digo a la vez que me lanzo a sus brazos.

            —De nada, pero deja las demostraciones de cariño para después —me dice con un ligero tono de lujuria marcado en sus gatunos ojos. Arrugando el entrecejo con molestia, me dispongo a protestar, pero mi boca es sellada por los labios de Eiri—. Bueno, mejor vamos a la cocina para que conozcas a los chicos. —Asintiendo un tanto confundido por el repentino cambio, enderezo mi cuerpo y sigo a Eiri en su caminar.



            No estoy muy interesado en conocer a mis nuevos compañeros, pero es un trámite necesario para vivir en esta casa. Además, como tendré que convivir con ellos, es mejor que empiece a conocerlos desde ya: imagino que eso me puede brindar información útil que podré utilizar una vez que me convierta en el mayordomo de Eiri. Tengo que saber todo sobre estos niños para poder ganarles en el concurso que hará mi amado y así, de paso, manipularlos a mi antojo. No es que sea una persona manipuladora, sólo es parte de mi liderazgo natural el conocer las fortalezas y debilidades de la gente para poder trabajar en equipo.



            Creo que a veces sueno algo contradictorio, pero soy así la mayoría del tiempo. Como dice K, soy el tipo de persona que no se casa con nada ni con nadie. Bueno, con Eiri sí me casaré… Algún día…





Continuará…

Reacciones:

0 comentarios:

Publicar un comentario