sábado, 29 de marzo de 2014

Mi esclavo millonario. Capítulo III

Capítulo III: La venganza no es buena


Al llegar a la cocina, los sirvientes de Eiri nos miran con expresiones confusas, curiosas y hasta celosas; y se ponen de pie y en fila igual que la noche anterior cuando cenamos. Hoy llevan un atuendo que se asemeja a los trajes de mucama o mayordomo. Y digo asemejan, porque las mujeres llevan un corsé en blanco negro que llega solo hasta debajo de los senos y un calzón tipo tanga de color negro, sin contar el portaligas, los zapatos altos y la cofia. En cambio, los hombres sólo traen una tanga negra, un cuello con corbatín y unas muñequeras blancas.  

—Muchachos —anuncia Eiri con su voz varonil e imponente—, desde hoy tendremos un nuevo integrante en esta casa. Denle la bienvenida a Ryuichi: él es mi nuevo esclavo.
—Es un gusto conocerlos, sean buenos conmigo, por favor —digo de la forma más educada posible, inclinando levemente mi cabeza.

Me siento observado, mas ninguna respuesta surge de esas bocas entreabiertas por la sorpresa. Está claro que ellos no se esperaban tener un compañero nuevo, lo que me da la impresión de que no seré bien recibido: no es que tenga miedo, sólo se me hace molesto e incómodo compartir con gente que me tiene mala. Como sea, más les vale que se acostumbren a mi presencia, porque —quiéranlo o no— yo seré el amo y señor de esta casa. Si me tratan mal, me vengaré cuando sea el mayordomo de aquí; o, en su defecto, me quejaré con Eiri para que él les dé su merecido. He dicho.

Sentir las curiosas y despectivas miradas de los mugrosos esclavos de Eiri no fue para nada agradable. Ser sometido al descarado escrutinio de esos niños fue una pésima experiencia: una humillación para alguien de mi estatus. Es decir, si ya fue humillante dejar que Eiri me inspeccionara como si yo fuera mercancía, esto fue mil veces peor, porque de lejos se notaba que sentían celos de mí, una envidia que carcomía sus entrañas.

—Bienvenido, Ryuichi —me dijo una mujer de edad madura, cuyos cabellos lilas iban recogidos en dos colas—. Yo soy Noriko. 
—Noriko es quien lleva más tiempo aquí: siéntete libre de preguntarle lo que quieras —agregó Eiri, mientras yo asentía y sonreía intentando parecer agradable—. Y en vista de que nadie más se presentará —dijo molesto—, lo haré por ellos. Ella es Ayaka —dijo señalando a la muchacha de cabellos castaños que el día anterior me había llevado la ropa al baño—, Mizuki —señaló a la mujer que estaba entre Noriko y Ayaka—, Hiroshi y Taki —culminó señalando a los hombres: uno de ellos, el tal Hiroshi, era el chico que vi contándole sobre mí a esa tal Ayaka. 

Cuando Eiri terminó de presentármelos, un silencio incómodo nos rodeó, así que mi amado tuvo que intervenir otra vez.

—Noriko, muéstrale a Ryuichi su habitación, prepáralo e instrúyelo en sus quehaceres. —Noriko asintió—. Los demás pueden volver a lo que estaban haciendo. —Acto seguido, Eiri dio media vuelta y desapareció de nuestra vista. 

Y heme aquí con Noriko en lo que creo será mi nueva habitación. Digo «creo», porque Noriko no me ha dicho nada aún y nos encontramos en un dormitorio con dos camas, lo cual me hace presumir que una de ellas será la mía. Y no es que me moleste compartir habitación con alguien, pero sucede que no estoy acostumbrado a tanta «austeridad» (así con comillas, porque no estoy seguro de que esa sea la palabra correcta para describir lo que veo y lo que ello me genera).

—Este es tu dormitorio, Ryucchan —me dice sonriente—: lo compartirás con Hirotan.
—Oh, no hay problema. —Sonrío.
—Te noto algo nervioso —me dice con aire maternal—. Sé que es complicado, pero ten por seguro que te llevarás bien con todos.
—Lo dudo —susurro de forma casi inaudible.
—¿Por qué? —me pregunta. Yo le quedo viendo confundido. ¡Me escuchó!—. ¿Por qué lo dudas?
—¿No es obvio? ¡Me miraron de pies a cabeza! Ni que yo fuera un bicho raro.
—Mmm… No me fijé, pero siempre que llega alguien nuevo es así. Algunos son muy posesivos con el Amo, lo cual no tiene sentido: tan sólo son esclavos y para el Amo son totalmente prescindibles. Es como si temieran que el Amo los cambie por otro o algo así.
—Eso es bueno saberlo —digo, pareciéndome interesante su forma de pensar—. ¿El Amo tiene alguna preferencia?
—¿Preferencia? ¿Con alguno de nosotros o por otra cosa?
—Por ustedes —aclaro.
—Ah, pues no. El Amo es bastante pervertido y tiene algunos fetiches bien extraños, pero con todos es igual. Es más, nunca ha tenido sexo con nosotros de forma directa: él prefiere mirar.
—Comprendo… —digo pensativo, buscando esconder mi sorpresa.

¡Y yo que pensaba que Eiri era un puto bastardo que tenía sexo con ellos todo el día y todos los días! Tendré que echar a la basura cada uno de mis impíos pensamientos y aprender de una vez por todas que Eiri no es tan desgraciado como yo creo que es a veces. Y entonces, vuelve a cobrar fuerza la idea de que mi prometido es un buen hombre y que yo soy el desviado que imagina cosas que no son. Esta de más decir que me alegro de que Eiri me sea fiel. Fiel a su manera, claro está; porque, en todo caso, no me sorprendería que ese «nunca» de Noriko en realidad fuese un «rara vez»: como dicen por ahí, nunca digas nunca.

—Bueno, ya que tu llegada fue sorpresiva, dudo que el Amo haya podido comprar cosas para ti. Así que por hoy tendrás que andar desnudo por la casa.
—¡¿Qué?! —exclamo horrorizado.
—Sólo será por hoy, no te preocupes.
—Ni loco hago eso —sentencio—. Ve y dile a Eiri que no pienso salir de esta habitación hasta tener un traje como los de ustedes —exijo con tono autoritario, olvidándome por completo de mi posición actual. —Noriko me mira perpleja, y recién ahí me doy cuenta de que acabo de meter la pata—. Yo…
—¡Te escuché, Ryuichi! —dice la voz varonil de Eiri, antes de que la puerta de la habitación se abra. Yo doy un respingo y me quedo inmóvil del susto: creo que estoy en problemas.
—Amo… —dice Noriko como si buscara dar una explicación, pero Eiri la hace callar con un gesto.
—Déjanos solos, Noriko —ordena.
—Enseguida, Amo.
—¿Qué mierda acabas de hacer? —me pregunta enojado, una vez que estamos solos.
—Lo siento, yo…olvidé que ahora soy tu esclavo.
—Oh, menos mal que te diste cuenta —dice altivo—. ¿Estás consciente de que vas a recibir un castigo por lo que acaba de suceder, no?
—¿Qué? —preguntó afligido. Esto no me lo esperaba.
—No me hagas repetirlo, Shuichi. 
—Pero Eiri, yo… —Lo escucho suspirar: lo he vuelto a hacer. ¡Cómo espera que logre acostumbrarme a esto en mi primer día!
—Shuichi —me llama, tratando de ser paciente—, por favor… Sé que es complicado y extraño, pero mentalízate. Haz un intento. 
—Eso hago, pero es difícil —digo cabizbajo.
—Lo sé, pero pon de tu parte: muérdete la lengua antes de decir cualquier cosa. No quiero que metas las patas otra vez.
—¿De verdad me castigarás? —pregunto con temor.
—Por supuesto, no puedo dejar que esto se quede así —me dice alzando la voz—. Además, es muy probable que Noriko ya les haya contado a todos lo que hiciste. ¿Te imaginas? No puedo dejar que los otros crean que tengo alguna preferencia contigo.

Su voz suena realmente molesta, pero no es sólo su voz, su ceño se encuentra fruncido y su mirada penetrante me cala hasta los huesos. Apenado, me quedo en silencio y con la mirada hacia el suelo. No quiero mirarle a los ojos, porque me da vergüenza. Siento que lo he decepcionado, mas no lo culpo. De hecho, no es su culpa, él no ha hecho nada malo: fui yo, yo y mi incapacidad para reprimir mis impulsos. Cometí un error y debo pagar por ello: quizás así pueda aprender y recordar qué cosas no puedo hacer, aunque estoy algo asustado por el castigo que recibiré. Sé que Eiri nunca me haría daño, pero como recién me vengo adentrando a este mundo, desconozco los tipos y alcances de los castigos. Por eso tengo algo de temor. Espero que no sea nada tan terrible o que Eiri tenga piedad de mí.

—Quítate la capa: te quiero desnudo —me ordena, sin expresión alguna en el rostro. Yo vacilo un poco, pero, con un suspiro resignado, dejo caer la capa quedando sólo con la tanga—. Dije «desnudo», eso incluye la tanga —agrega alzando una ceja y con las manos en la cintura. A regañadientes, llevo mis dedos a la orilla de la tanga y la deslizo por mis piernas, quedando totalmente desnudo frente a los ojos escrutiñadores de Eiri. Instintivamente me llevo las manos hacia al pubis para cubrirme, pero rápidamente las quito al ver el movimiento negativo que Eiri hace con la cabeza. 

Muero de vergüenza ante su descarada mirada, sobre todo porque sus ojos están mirando «ahí». ¿Les dije que me obligaron a depilarme? Pues si no lo hice, lo hago ahora. Mi piel está suave como la de un bebé: ni un solo vello la cubre. Y sí, también me depilaron «ahí». Sólo les faltó que me circuncidaran, lo cual habría sido el colmo y, ciertamente, tampoco me habría dejado. Por alguna razón, siento que la cara me arde, me arde de calor. Es como si toda la sangre de mi cuerpo se me hubiese ido a la cabeza y es muy probable que en este momento esté más roja que un tomate.

—Bien, vamos a la sala —me dice, girando sobre sus pies para irse. Sin dudarlo un segundo, me trago mi orgullo y lo sigo, sintiéndome extraño por andar sin ropa—. Los castigos no suelen ser públicos, pero cuando la falta es cometida delante de otro esclavo se hace un mal necesario: así mato dos pájaros de un tiro —me explica mientras nos dirigimos a la sala de estar—. Yo lo llamo «Teoría doblemente preventiva del castigo», porque así el infractor no vuelve a cometer la misma falta, y los demás reciben el mensaje de que les pasará lo mismo si lo hacen, ¿me explico?
—Sí —respondo automáticamente, a pesar de no entender bien de qué está hablando. Lo gracioso es que nuevamente está hablando demasiado y encima pareciera estar emocionado, o bien, excitado con la idea de castigarme.
—Así que, la próxima vez, piénsalo dos veces antes de hacer algo incorrecto delante de los otros esclavos: después de esto, no querrás ser humillado públicamente otra vez —me advierte con cierta malicia, sin siquiera mirarme. 

Bajamos las escaleras y llegamos a la sala de estar. No hay nadie en ella, así que Eiri me ordena que lo espere ahí mientras va por los demás. Al rato aparecen los cincos esclavos, poniéndose en fila uno al lado de otro para observar el espectáculo… Y es aquí cuando entro en pánico y me dan ganas de arrancar o de esconderme debajo de la cama como cuando era niño. Eso me recuerda que Walter siempre salía en mi defensa cada vez que yo hacía una travesura y me escondía debajo de su cama para que mi padre no me retara. Eran buenos tiempos. Muy buenos. Ojalá Walter estuviera aquí para ayudarme.

—Ustedes saben que no tolero las faltas de respeto —dice Eiri con tono autoritario, dirigiendo su mirada de forma aleatoria, mientras se pasea frente a sus esclavos—, y que ninguno de ustedes está autorizado para dirigirse a mí por mi nombre. Siempre he sido y seré vuestro amo, a secas. Nada de «Amo Eiri» ni derivados. La próxima vez que escuche a alguno de ustedes dirigirse a mí de otra forma que no sea sólo «amo», o bien, que me entere que lo han hecho, recibirán un castigo peor que el que le daré a Ryuichi. Y que quede claro que esta es una advertencia para todos. ¿Está claro?
—Sí, Amo —responden al unísono.
—Bien. —Con las manos en la cintura, gira su cuerpo para quedar frente a mí, clavando sus ojos dorados en mi rostro—. Arrodíllate y apoya las manos en el suelo —me ordena, con el rostro inexpresivo. Yo, de forma lenta y con timidez, negándome internamente a su pedido, le hago caso… Creo que ya sé lo que hará. 

Una vez que me tiene en esta humillante posición, escucho un sonido metálico y me doy cuenta de que Eiri se ha sacado el cinturón. Debí imaginar que haría esto: seré castigado igual que un niño pequeño cuando se porta mal. Mi cuerpo se estremece de solo pensarlo y es que sé cuánto puede llegar a doler un golpe con uno de esos. Además, estoy en shock: no puedo creer que Eiri me haga esto. ¡Esto es lo más humillante del Universo! ¡¿Qué se cree?! Juro que Eiri me pagará esto de alguna forma. ¡Lo juro!

—¡Arg! —grito al sentir el primer golpe en mi trasero. Ese fue fuerte, pero lo puedo soportar. Otra vez siento el cuero golpear contra mi piel, luego otra, otra  y otra vez. El sonido del golpe es tan fuerte como el dolor que provoca y puedo imaginar a mi piel tornándose rojiza. ¡Duele! ¡Puta madre que duele! Y con cada golpe el dolor se vuelve más insoportable.

Siento un escozor horrible y lo peor es que Eiri no detiene los golpes. Ya perdí la cuenta de cuántos me ha dado y mi garganta se desgarra con cada grito. Tengo el rostro humedecido por las lágrimas, y presiento que, de seguir así, terminaré desmayándome de dolor. Ni siquiera me di cuenta de cuándo comencé a llorar, pero unas pequeñas gotas saltaron de mis ojos por tanto dolor. Me siento horrible. 

—¡Ya no más! —suplico, rogando por piedad. Me siento fatal anímicamente, porque esto me supera. Supera el dolor que puedo soportar y supera incluso la cantidad de humillación que estoy dispuesto a sufrir. 

Eiri detiene los golpes de forma abrupta. Quizás se dio cuenta que ya fue suficiente, que ya entendí que lo que hice estuvo mal y que no se volverá a repetir. Por favor, que así sea, porque ya no puedo aguantar más. Bastaría un solo golpe para que yo termine de derrumbarme. En verdad, esto es más de lo que alguien como yo puede soportar. Incomprensiblemente, rompo en un llanto desconsolado, tras ser vejado de esta forma: ni siquiera mis padres me habrían hecho algo así.

El tiempo se ha detenido por completo para mí y, al parecer, para los demás también. Todos han permanecido en silencio, mientras yo continúo en la misma posición, llorando como si fuera el día en que me enteré de la muerte de mis padres. 

—Ya pueden retirarse. —Escucho la voz de Eiri dando órdenes a sus esclavos. No sé bien qué más les habrá dicho, pero lo cierto es que hemos quedado solos en la sala. Siento sus pasos venir hacia mí y yo, por inercia, me desplomo y escondo el rostro entre mis manos—. Shu—susurra—, ¿estás bien?
—Te odio…
—No digas eso —suspira—: me duele tanto como a ti.
—Mentiroso. Te odio… Eres de lo peor. —Siento su mano acariciar mis cabellos, mientras hago intentos por controlar mis sollozos.
—Sí, lo sé. Soy el peor prometido del mundo, ¿no? —Su tono burlón me hace sonreír casi imperceptiblemente.
—Lo eres.
—Entonces, ya que estamos de acuerdo en algo, te invito a que me acompañes.
—Olvídame… No quiero ir contigo a ningún lado. —Sorbo mi nariz y me limpio las lágrimas. Ya estoy más tranquilo e, increíblemente, no estoy tan molesto como pensé. Es decir, entiendo que las cosas tuvieran que ser así, pero no creo que fuera necesaria tanta degradación pública. Bueno, si lo pienso con detenimiento, pudo ser peor. Eso último me consuela. ¡Por todos los cielos! ¡¿Dónde me vine a meter?!
—Bueno, como quieras. Puedes quedarte ahí tirado en el suelo, desnudo y con las nalgas rojas, el resto del día… —dice con cierto grado de malicia, poniéndose de pie y empezando a caminar—. Y yo que pensaba abrigarte un poco y untarte un gel anestesiante… —Sus palabras y el tono malicioso con que las pronuncia, resultan altamente convincentes para mí. ¡Estúpido Eiri!
—Está bien, llévame contigo —digo resignado, odiándome internamente por dejarme convencer tan fácilmente. ¡Es que la oferta era tan tentadora! Nadie en su sano juicio habría podido resistirse. Bueno, tal vez no era tan tentadora, pero cualquier cosa que Eiri me ofrezca es mejor que quedarme en el suelo, desnudo y con el trasero adolorido. ¿No creen?

Con molestia, observo la sonrisa triunfante y burlona de Eiri, quien camina hacia mí con la intención de tomarme en brazos para llevarme no sé a dónde. Quizás vayamos a su estudio otra vez o, quien sabe, en una de esas me lleva a su habitación. Espero que sea lo segundo, porque así estaré más cómodo. Esperen. Mejor prefiero ir a su estudio, porque así no me arriesgo a que Eiri quiera intentar «ciertas cosas»: no estoy en condiciones de «intimar». 

Instintivamente, me aferro a Eiri y dejo que me cargue, ocultando mi rostro entre su cuello y hombro mientras aspiro el aroma embriagante de su caro perfume cítrico. Él camina en silencio y de forma lenta, llevándome como si fuera su princesa… O su princeso, mejor dicho. En fin. En cosa de minutos, llegamos a su habitación, mientras yo me pregunto por qué rayos tiene que pasar justo lo que no quiero. Qué rabia. 

Tras entrar, Eiri me deposita en la cama con una delicadeza algo impropia para él. Es decir, si algo he aprendido desde que lo conozco es que es un bruto rematado, en todos los sentidos de la palabra, aunque a veces hace excepciones que me hacen cuestionar la imagen que tengo de él… Creo que últimamente me he cuestionado mucho sobre eso, y cada vez me convenzo más de lo equivocado que estoy respecto a mi prometido.

—Espérame aquí un momento —me dice sonriendo, yendo hacia el baño. 

Sin chistar le hago caso, pero no porque me lo haya ordenado, sino porque no tengo ganas de moverme y el trasero aún me duele. Haciendo un puchero, me recuesto de lado y sobo mis glúteos con la esperanza de amainar el ardor. Por suerte, ya no duele tanto como hacía un rato, pero, de todas maneras, exigiré mi ungüento anestesiante: seré afortunado si mañana no amanezco lleno de moretones. Como estoy perdido en mis pensamientos, no noto cuando Eiri regresa del baño con un frasco en las manos, y sólo me doy cuenta de ello cuando siento que un líquido helado escurre por mi piel.

—Está frío —me quejo.
—¿Y qué esperas? ¿Qué lo entibie para ti?
—Mínimo, ¿no? —respondo altanero—. Me la debes por darme de correazos. 
—Yo no te debo nada: te lo merecías por irrespetuoso —me dice mientras esparce el líquido por mi piel enrojecida, de forma suave y cariñosa.
—Sí, claro. Yo tengo la culpa de todo, ¿no?: desde la muerte de mis padres hasta de que mi tío quiera asesinarme.
—Oye, ¿a qué viene eso? —Sus manos se alejan de mi piel y las posa en su cintura. Creo que se molestó—. Yo no he dicho que sea tu culpa, y tus padres y Tohma no tienen nada que ver en esto: no descargues tu furia en mí, Shuichi. —Consciente de sus palabras, desvío la mirada. Eiri tiene razón.
—Lo siento…
—Shu. —Su mano toma mi barbilla para voltear mi rostro y hacer que quede frente al suyo—. Sé que estás pasando por una situación difícil, pero yo estoy aquí para ayudarte, reconfortarte, entenderte…hasta para solucionar tus problemas; pero no para ser blanco de tu ira.
—Lo sé, Eiri. —Sus ojos dorados observan los míos fijamente. Me siento intimidado, disminuido. Un escalofrío recorre mi espalda, y no sé si es por mi desnudez o por la mirada hambrienta de Eiri que hace que mi cuerpo entero se estremezca. 
—Entonces, relájate y deja de culparte o de culparme por todo. —Su rostro está tan cerca del mío que puedo sentir la calidez de su respiración. Sus labios se acercan peligrosamente y, a pesar que intento resistirme, terminan atrapando los míos y nos fundimos en un tierno beso, aunque la lengua de Eiri lame mis labios ocasionalmente.
—No… —susurro entre dientes.
—¿Eh, por qué no? —Eiri se aleja de mí unos centímetros, y me queda viendo con una ceja alzada.
—Es que yo…sigo enojado contigo.
—Oh, ¿por eso no me merezco un beso? —La expresión de su rostro muta rápidamente, y se muestra entristecido haciendo un puchero casi imperceptible. 
—De hecho, mereces que te denuncie por violencia intrafamiliar —respondo con un aire levemente altanero, buscando provocarlo. Sé que no somos familia ni nada de eso y que, por tanto, mi pseudo amenaza carece de fundamento, pero se me hace divertido molestarlo.
—¿Huh? —Me mira con el rostro desencajado—. El día en que eso ocurra, yo mismo haré la denuncia, tonto. —Su tono suave, pero que no logra ocultar su ligera molestia, me causa gracia, pues puedo intuir que tenía la intención de decir algo cruel, mas tuvo que contenerse y pensar en otras palabras. Él me sonríe y yo le correspondo, y una vez más unimos nuestros labios.
—Espera —le digo al sentir que sus manos comienzan a viajar por mi cuerpo descaradamente—, no quiero.
—¿Aún te duele?
—Claro, tonto. El gel ayuda, pero no es una loción milagrosa —digo con sarcasmo.
—Yo no hablo de tus nalgas, hablo de tu esfínter. —Doy un respingo al escuchar sus palabras y mis mejillas se tornan rojas. ¿Pero qué se cree? ¡¿No tiene ni un ápice de decencia?! Escondo el rostro, avergonzado. 
—Qué indecente —susurró entre dientes cerrando los ojos con fuerza. Sí, ya sé: soy un mojigato.
—¿Eh? No te escuché, ¿dijiste algo?
—Olvídalo.
—Bueno, pero no me has respondido. 
—Me duele —miento. En realidad, no me duele. Siento un poco de molestia, pero es soportable. Sé que no debería mentirle, pero es la mejor y más convincente excusa para no querer hacerlo. 
—Quizás tengas alguna fisura. ¿Quieres que te mire? —Su voz suena preocupada y eso me hace ligeramente feliz.
—¿Qué? ¿Mirarme? ¿Mirar qué? —pregunto confundido, parpadeando varias veces. Creo entender a qué se refiere, pero deseo confirmarlo.
—Tu trasero, ¿qué más? Si tienes una fisura, lo mejor será untarte algún cicatrizante —me explica con paciencia, acariciando mi rostro. Mis mejillas se enrojecen y me siento más avergonzado que antes. ¿Cómo puede hablar de estás cosas tan fácilmente? ¡Qué desfachatez!
—Eh, no, no es necesario. Estoy bien —me apresuro a decir, sonriendo tontamente. Eiri también sonríe. Seguramente se ha dado cuenta que muero del pudor.
—¿Estás seguro?
—Sí, cien por ciento seguro —digo rápidamente, asintiendo de forma frenética con el rostro aún enrojecido.
—Está bien, lo dejaremos por hoy. —Su rostro refleja decepción y su voz suena resignada—. A cambio, haremos algo distinto.

Oh, rayos. ¿En qué me metí ahora? Mi mente y mi cuerpo entero se ponen en alerta ante sus palabras, pues me suena a algo que no quiero ni saber ni hacer. ¿Qué tiene en mente este pervertido? ¡Arg! Me carga no saber lo que está pensando. Ya me dio miedito.

—¿Qué cosa, Eiri? —pregunto con timidez y algo de temor.
—Estaba pensando en otras formas de «interacción sexual», ¿me explico? —me dice haciendo un gesto de comillas con los dedos. 
—Sea lo que sea, no quiero hacerlo.
—Oh, vamos, no seas aguafiestas. Sólo relájate —susurra cerca de mi oreja, oliendo el aroma a frutillas que desprende mi cabello gracias al champú. 

Su mano derecha acaricia mi cuello y nuca, bajando lentamente por mi hombro y luego, por mi pecho. Sus manos están frías y, por ello, mis vellos se erizan y mi cuerpo se estremece temblando suavemente: creo que comienzo a derretirme.

—Espera, Eiri…
—¿Mm? ¿Qué pasa? —susurra cerca de mi oreja, y su aliento me produce un escalofrío al chocar con mi piel. 

Me creo incapaz de dar una respuesta sin suspirar o gemir —pues Eiri no ha detenido sus caricias—, por eso me quedo en silencio: es demasiado vergonzoso gemir y, por la misma razón,  cierro los ojos fuertemente para no mirar. 

Desconozco el momento en el que terminé de espaldas en la cama, con las piernas abiertas y con el rostro de Eiri entre ellas. He estado tan absorto disfrutando de sus caricias y del placer que me brindan que ni siquiera he notado mi erección, ésa que mi prometido está lamiendo con ímpetu. Inevitablemente, me imagino la escena y siento mi cara arder, recriminándome mentalmente por imaginar cosas vergonzosas y que además, podría ver en vivo y en directo.
Me remuevo inquieto al sentir que Eiri ha metido todo mi pene dentro de su boca. Su lengua se pasea por la punta y mi cuerpo se estremece. Tengo ganas de mirar, pero el pudor me carcome las entrañas y,  a la vez, la curiosidad me mata. Sé que ya lo hice con Eiri ayer, pero eso no quita está estúpida sensación contradictoria. Es extraño, aunque he de imaginar que es normal que me siga dando vergüenza hacer estas cosas: mal que mal es apenas mi segundo día. Quizás, con el tiempo, me acostumbraré y disfrutaré abiertamente del sexo. Por ahora, seguiré siendo el niño «recatado» de siempre.

Abro los ojos por unos momentos para saciar la curiosidad y luego, los vuelvo a cerrar. Pude ver a Eiri lamiendo mi glande afanosamente, y no imaginan lo sexy que se ve. ¡Estuve a punto de tener un derrame nasal! ¡¿En qué clase de pervertido me estoy convirtiendo?! (Nótese mi tono dramático). Comienzo a pensar que, definitivamente, me está haciendo mal compartir con Eiri: sólo espero no convertirme en alguien como él. ¡Qué soy un niño decente, carajo!

Imprevistamente, mi mente se ha nublado y mi cuerpo vuelve a estremecerse, pero esta vez es producto de mi orgasmo. Admito que no fue tan espectacular como el que tuve ayer y comienzo a preguntarme por qué. Supongo que puedo dar mil y una justificaciones, pero mejor dejaré mis delirios, divagaciones y otros para un momento más apropiado: acabo de caer cuenta que Eiri se tragó mi semen y mi rostro se desfigura en una mueca de asco de sólo imaginármelo. ¡Puaj!

—¿Estás bien? —me pregunta con la voz algo ronca y con cierto dejo de preocupación. Yo sólo muevo la cabeza afirmativamente—. ¡Qué aburrido eres! Yo esperaba que gimieras desesperadamente como ayer, pero apenas diste unos cuantos suspiros. —Su rostro visiblemente decepcionado, me causa una sutil sonrisa involuntaria a modo de disculpa.
—Yo…
—No digas nadas, sólo no reprimas tus gemidos la próxima vez: me gusta escucharte, tonto. —Asiento otra vez y Eiri me sonríe como si esperara inspirarme confianza. No es que no confíe en él, pero mi vergüenza no se quita con eso. Supongo que con el tiempo adquiriré experiencia y más familiaridad para desenvolverme sin temor—. ¿No dirás nada? ¿Ni siquiera un  «me gustó»?
—Claro que no, bastardo pervertido —exclamo con el rostro sonrojado a la vez que giro mi rostro a modo de desprecio. Escucho a Eiri bufar y, como no estoy mirándolo, no logro determinar si eso se debió a resignación, burla, molestia u otra cosa: de seguro, está planeando su venganza.
—Oye, esclavo —me dice con tono altanero. Yo doy un respingo y le miro entre confuso y ofendido. ¡¿Cómo me llamó?!—. Aún no hemos terminado, así que bájate de la cama y ponte de rodillas frente a mí.
—¿Huh? Pero ¿qué te has creído? Yo no soy tu esclavo, soy tu prometido.
—¿Mi prometido? —pregunta burlesco, sonriendo de la misma forma—. Que yo sepa mi prometido es un chico de cabello rosa y ojos violetas, cuyo nombre es Shuichi, Ryuichi. —Abro la boca para reclamar, pero sus ojos dorados están viéndome fijamente de forma seria, provocándome una suerte de temor reverencial. Otra vez me siento minimizado ante su imponente figura—. ¿Y bien? ¿No cumplirás mi orden? ¿Quieres que te castigue otra vez? 

En silencio y con un ligero temblor en las piernas, me incorporo y me pongo de rodillas frente a Eiri, quien ha dado unos pasos hacia atrás para permitirme cumplir con su orden. No sé por qué se me cruzó por la cabeza la idea de suplicar por mi vida o algo parecido. No es que crea que deba hacerlo, sólo es que esto está comenzando a darme miedo. Y dudo que eso sea bueno. Quizás, deba pedir disculpas por mi atrevimiento involuntario y rogar clemencia. ¡Estúpido Eiri!

Su mirada sigue clavada en mí y su rostro se mantiene serio, mientras todo mi ser se sobrecoge y siento que el tenso ambiente que se ha formado a nuestro alrededor, cae sobre mí como si fuera un yunque. De pronto y como si hubiese notado la incómoda situación en la que me encuentro, Eiri sonríe y suelta una dulce carcajada.

—Tonto —me dice cariñosamente, revolviendo mis cabellos—, no pongas esa cara de asustado: sabes que no te haré daño. Pero recuerda tu posición actual aun cuando estemos solos, ¿entendido?
—Sí, Amo —respondo sonriendo aliviado. Eiri tiene razón. Bueno, siempre la tiene. Y no es que yo olvide mi posición actual, simplemente todavía no me acostumbro a ella y se me hace extrañísimo tratar a Eiri de amo y que él me trate de esclavo. ¡No llevo ni un día aquí!
—Así está mejor: no queremos que alguien se dé cuenta de que hay algo raro entre nosotros, ¿verdad?
—Sí, Amo.
—Muy bien, procura seguir así, Ryuichi. —Para no hablar de nuevo, muevo la cabeza afirmativamente—. Piensa que estás actuando y métete en tu personaje. También deberías tener cuidado con tu forma de hablar, es decir, no utilices palabras muy rebuscadas o que den cuenta de tu estatus: como esclavo con suerte necesitas saber leer, así que careces de un vocabulario muy amplio.
—Lo tendré en cuenta, Amo.
—Más te vale, Ryuichi. ¡Ah!, algunos esclavos suelen tener muletillas, harías bien teniendo una.
—Oh, eso no lo sabía, na no da —digo con voz serena.
—¿Na no da? —Eiri arquea una ceja en señal de confusión.
—Es un balbuceo que solía repetir mucho cuando era niño —aclaro rápidamente.
—Vaya, siento que acabo de aprender algo nuevo de mi prometido —dice llevándose la mano a la barbilla. Yo sólo sonrío—. Bueno, ya que está todo solucionado… Ven aquí.

Su mano viaja hacia el cierre de su costoso pantalón y yo trago saliva dura y sonoramente al imaginarme lo que está por venir. ¡No quiero hacerlo! Estoy algo aterrado. Bueno, si fuera un sueño húmedo o una fantasía no dudaría en hacerlo, pero ¡¿de verdad?! Oh, no. Quiero que la tierra me trague. Eiri ha deslizado el cierre hasta abajo y, lentamente, ha abierto el botón. Desvío la mirada más que avergonzado al ver que mete la mano en sus calzoncillos: no quiero ser testigo del momento en que libere su enorme «cosa» de aquella prisión. 

—No escondas la cara, esta vez será tu turno.

Con su mano levanta mi rostro ruborizado y mis ojos se encuentran cara a cara con el semierguido miembro de Eiri. «¡“Eso” no cae en mi boca!», es lo primero que pienso al verlo. ¡Es más grande de lo que recuerdo! Por todos los dioses, definitivamente me arrepiento de haber aceptado su indecente propuesta: yo no estoy hecho para estas cosas.

—Anda, sólo usa la lengua —dice con suavidad al notar mi reticencia. 

Me gustaría decirle que me niego rotundamente a hacerlo, pero ¡ya qué!: igual tengo ganas, aunque no me guste aceptarlo. Lentamente, saco la lengua y me acerco hasta rozar la punta con ella. ¡Ya lo hice! Tras la emoción inicial, me detengo unos segundos para recuperar la compostura y repetir el procedimiento. Mi lengua comienza a humedecer la piel de su pene con más confianza. Ya no sólo la punta: ahora voy desde la base hasta ella. Esto es extraño, pero se siente bien… Un momento. ¿Por qué me siento bien yo? ¿No debería ser placentero para mí o sí?

—Suficiente. —La voz de Eiri me devuelve a la realidad y me hace alzar la mirada—. Ahora métela en tu boca y procura no usar los dientes: si me muerdes, te mataré.

Con una obediencia que hasta yo me pregunto de dónde salió, cumplo su orden a cabalidad y, tras meter su pene en mi boca, comienzo a sacarlo lentamente mientras mi lengua juega con su piel. Repito el procedimiento de forma lenta y angustiante, con un ánimo silencioso de venganza: sí, quiero torturarlo, quiero que ruegue para que vaya más rápido. Me lo merezco, ¿no? ¡Claro que merezco mi venganza! Una risa maquiavélica resuena en mi cabeza, pero rápidamente desaparece cuando Eiri pone su mano sobre mi cabeza y exige mudamente que aumente el ritmo. Lo escucho gruñir placenteramente mientras engullo su pene hasta atragantarme y comenzar ahogarme. Las mandíbulas comienzan a dolerme y, ante el cansancio, mi boca trata de cerrarse. 

—¡Idiota! —exclama Eiri de improviso, apartándome con brusquedad: lo mordí sin querer y debió ser muy doloroso como para tuviera una reacción de ese tipo. ¡Venganza!

Toda esta situación ya me resulta insólita, es más, debería salir en algún libro de situaciones de igual naturaleza. Comienzo a reírme quedamente hasta que mis labios esbozan una amplia sonrisa., dejando escapar una carcajada. El rostro de Eiri se muestra desencajado por el enojo, y mi risa parece solo empeorar las cosas. 

—Lo siento —digo entre risas—, fue sin querer, Eiri.
—Te dije claramente que si me mordías te mataría. ¿Qué rayos pasa contigo?
—Ay, no exageres, no voy a arrancártela de una mordida, ¿sabes? —Su mirada se endurece—. De verdad, lo siento. No volverá a suceder. 
—Cállate —exclama, alzando la voz. Está enojado. 

Sin decir nada más, se arregla el pantalón, guardando sus partes íntimas. Yo sólo le sigo con la mirada. Creo que el juego ha acabado por hoy.

—Te daré algo de ropa para que comiences con tus labores. —Su voz suena seria y calmada, pero aún puedo ver un atisbo de molestia en su rostro. 

Asiento con la cabeza, pero él ni siquiera me ha mirado. Veo que camina lentamente hacia el ropero y de él saca una caja blanca. En ella hay un atuendo similar al de los otros sirvientes. 

En completo silencio, Eiri me ayuda a colocármelo, mientras yo pienso en mil y un formas de hacerle entender que lo que sucedió fue un simple accidente, aun cuando se me haya pasado por la cabeza la idea de vengarme de él. Es más, aún tengo ganas de humillarlo públicamente como él lo hizo conmigo, pero por ahora me guardaré esas ansias para la posteridad. Total, sé que su consciencia se retorcerá en un mar de culpas, por el resto de su vida, cada vez que recuerde los correazos que me dio. Lo mejor de todo, es que esto se lo podré sacar en cara el resto de mi vida, una forma muy efectiva de manipularlo…Y no, no soy manipulador.

—Lo siento —digo una vez más antes de desaparecer por la puerta. 

No volteé a mirarle para demostrarle mi «arrepentimiento» —léase, mi cara de cachorrito regañado—, porque sé que no me habría hecho caso. De todas maneras, tengo mi orgullo y mucho amor propio, así que tampoco voy andar rogándole que me perdone por el pequeño mordisco que le di. 


Feliz con mi súper traje de mayordomo sexy, bajo las escaleras y me dirijo a la cocina. Tengo hambre, pero supongo que no podré comer hasta que Eiri lo haga. Al menos espero poder robarme algún bocado mientras ayudo a los demás. Cruzaré los dedos para que así sea.

Apenas pongo un pie dentro de la amplia cocina, Ayaka y Taki se me quedan mirando con cara de pocos amigos. Al parecer no les agrado y, ciertamente, poco me importa, aunque creo que debería tenerlo muy en cuenta si lo que Eiri me dijo, sobre las rivalidades entre esclavos, es cierto. Ignorándolos, ingreso a la cocina yendo hacia Noriko, quien está lavando las cosas que se han ensuciado durante la preparación de la cena.

—Hola, Ryucchan —dice sonriendo jovialmente al notar mi presencia. Es extraño, pero acabo de sentirme aludido al escuchar el diminutivo de mi actual nombre. Sonrío.
—Noriko, ¿hay algo en lo que pueda ayudar, no da? —pregunto con algo de timidez. 
—Claro, la cena ya está lista, así que sólo hace falta preparar la mesa para el Amo. Dile a Hirotan que te ayude.

Sonriendo para parecer amable, asiento con falsa energía, procurando no reír delante de Noriko por la graciosa forma en la que nos llama. Resulta realmente extraño escuchar a un adulto dirigirse a los demás con los diminutivos de sus nombres. 

Busco a «Hirotan» con la mirada y lo encuentro de rodillas frente a un mueble mientras hurga en su interior. Desconozco qué es lo que busca, así que me acerco para averiguarlo, pues es una buena forma de iniciar una conversación.

—¿Qué haces, no da? —pregunto amigablemente.
—Necesito un recipiente para ensalada y no encuentro ninguno —responde sin voltear a mirarme—. ¡Te tengo!—exclama de pronto, sacando del mueble una ensaladera de vidrio.
—¿Necesitas que te ayude en algo?
—Por supuesto, hay mucho por hacer —responde—. Por mientras, lleva los cubiertos, los platos y las copas —me dice, indicando la mesa central de la cocina, en donde se encuentran apartadas las cosas que debo llevar. 

Asintiendo sonriente, recojo los utensilios y los llevo al comedor, bajo la atenta mirada de mis camaradas. Creo que no me tienen mucha fe después de lo que pasó.


Con la mesa lista y con Eiri en su respectivo asiento, Noriko sirve la cena, mientras los demás nos encontramos a espaldas de él. Todo está en silencio, excepto mi mente. No puedo dejar de pensar que todo esto es una locura o un mal sueño, porque jamás pensé que yo, un niño rico y mimado, podría estar en una situación como esta. Es bastante incómodo, por así decirlo, tener que estar de pie y como estatua mientras cierta persona degusta, lentamente y con ánimo de burla, un exquisito platillo. Se me hace hasta injusto. ¿Qué comeré yo? Yo también tengo hambre, tengo derecho a comer lo mismo que Eiri. ¡Quiero una probadita! 
De pronto, mis pensamientos son interrumpidos por la voz de Eiri. Ha dicho que tiene algo importante que decirnos, y creo que ya sé lo que es. Mejor pongo atención para no perderme.

—Sé que, hasta ahora, Noriko ha sido la jefa de ustedes por mera antigüedad —dice a modo introductorio—, pero, ya que tenemos un nuevo integrante, pensé que podríamos hacer un concurso para elegir a quien será el mayordomo o ama de llaves de la mansión. —Hace una pausa para beber de su copa de vino, mientras espera alguna reacción de nuestra parte—. Por supuesto, seré yo quien elija al ganador o ganadora.
—Amo… 
—¿Tienes alguna pregunta, Hiroshi?
—Sí, Amo, es que… ¿No sería mejor que usted eligiera a alguien al azar?
—Tal vez, pero sería aburrido, ¿no crees? La idea es que hagamos algo diferente y divertido. Además, soy yo quien toma las decisiones en esta casa. 

Hiro se ha quedado cabizbajo, seguramente pensando en que su pregunta ha sido algo tonta. No es que para mí lo haya sido, pero el tono que Eiri ha usado pareciera dar a entender que esa pregunta estaba demás; y quizás tiene razón: después de todo, él es el amo y señor de la mansión y, por tanto, puede hacer lo que él quiera. Nosotros no tenemos derecho a cuestionar sus decisiones, aun cuando sean erradas, no nos gusten o puedan ser perjudiciales; lo cual a mí me desagrada bastante. 

—¿Alguna otra duda? —pregunta luego de darle otro sorbo a su copa de vino. 

Nadie responde. 

—Entonces, mañana empezaremos con el concurso. Ahí les explicaré con detalles qué tendrán que hacer y cuáles serán los criterios de evaluación. Por lo pronto, pueden ir a sus habitaciones, excepto Ryuichi y Hiroshi que se encargarán de recoger la mesa.

Doy un respingo al escuchar mi nuevo nombre, mientras los demás le han respondido a Eiri con el ya típico «Sí, amo». Genial. Lo que menos necesito en este momento es tener que quedarme a lavar platos, algo que jamás he hecho en mi vida. 

Mientras divago en mis pensamientos, los demás se han retirado: Hiro y yo nos hemos quedado solos, mientras Eiri termina de cenar… 

Por suerte, en sólo unos minutos, Eiri terminó su comida y se levantó de la mesa sin siquiera dar las gracias, y desapareció de nuestra vista sin despedirse ni nada. Acto seguido, Hiro me pidió que le ayudara a recoger las cosas de la mesa y así, tras estar casi una hora metido en la cocina lavando, secando y guardando loza; por fin pudimos ir a dormir. Y aquí estoy. Sentado sobre mi nueva cama que, por cierto, no se ve muy cómoda, pero ya que no tengo más opciones tendré que acostumbrarme a ella. Dudo tener un sueño reparador o grato, así que ya estoy resignado a rodar en la cama durante toda la noche, aunque quizás pueda escabullirme en la habitación de Eiri y dormir con él. Eso sería genial. Pues ya veremos. Por lo pronto, intentaré dormir. Mañana me espera un largo día con eso del dichoso concurso.


Continuará…

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